Habemus Papam

SOBRE LA PELÍCULA  HABEMUS PAPAM

cartel de la película

Cartel de la película

Hace pocos meses, no recuerdo si coincidiendo más o menos con las vacaciones de Navidad, o algunos días antes, fui a ver la película, Habemus Papam. Ya antes de estrenarse me había llamado la atención, pues Nanni Moretti, su guionista y director y, en este caso también, como en otros muchos de su carrera, protagonista y productor, me atrae especialmente. Además, el cartel me pareció bello y sugerente a la vez: un primer plano donde sólo destacan las ricas vestiduras talares y unas manos desnudas, apretadas y cruzadas, marcadas por la edad de su protagonista y por la desazón de no hacer nada.

Se unían dos atractivos, la llamada del cartel y la autoría de la obra, que captaban mi interés. Además de su trayectoria personal y profesional, en las películas de Nanni Moretti -en las que he visto al menos-, me llama poderosamente la atención esa inteligente, casi brillante, naturalidad con la que retrata la realidad, a veces sencilla, otras cruda, marcada por una aguda crítica social y, también, en algunos casos, por un intenso interiorismo personal. Una naturalidad que, en ocasiones, raya en la ironía y el ridículo. Pero la vida normal también es así: a ratos amable, a ratos dura, a veces irónica, a veces cómica, caótica, ordenada en exceso, también  ridícula.

Caricatura de la película

Imagen de la película y nota autógrafa del director

Quizá en este conocimiento le ha influido a Moretti su vida en Roma. Aunque nació en el norte de Italia (Bolzano) su infancia y adolescencia transcurren en la capital de Italia. Y vivir en Roma debe imprimir carácter, sin duda. Debe ser algo así como disfrutar del caos de la historia y del caos de la urbe, donde la esencia de lo clásico se funde y se confunde con lo vulgar. Este mundo lo retrata a la perfección en una película espléndida y deliciosa: Caro diario, en la que recorre toda la ciudad en una vespa realizando un auténtico documental que raya en la burla de sí mismo. Excelente y muy recomendable.

Escena de la película jugando al voleibol

En Habemus Papam, Moretti trata el entramado del Vaticano de modo respetuoso y amable. Aunque con la marcada ceremonia que debe caracterizar un acontecimiento como el que presenta y, no sin cierta ironía, plasma el aspecto más humano, e incluso mundano -entendiendo mundano con una carga de sencillez, hasta de inocencia, la casi increíble inocencia de los cardenales, algunos, ya mayores, incluso entrañables y débiles como el protagonista-, del distinguido y elevado mundo de la curia vaticana. Por ejemplo, cuando sus eminencias no ven el momento de salir a tomar el mejor capuchino y los más exquisitos bollos suizos de toda Roma para el desayuno o en el disfrute casi infantil -muy recurrente por cierto en películas sobre religiosos- del enfrentamiento en el juego de la pelota, el voleibol en este caso.

El argumento de la película es el siguiente: tras la muerte del anterior pontífice, ha de reunirse el cónclave para la elección de su sucesor. Nuestro protagonista, magistralmente protagonizado por un ya más que octogenario Michel Piccoli, sale elegido casi por casualidad, tal vez por una mala jugada del destino. Tras repetidas votaciones y habiendo quedado casi un empate entre dos más que probables candidatos, el conjunto de cardenales opta en la que será la última votación por un tercero, -al parecer con menos posibilidades, o al menos eso debía creer él mismo, prudente, callado-, quizá para evitar confrontaciones, tal vez a fin de no alargar el encierro demasiado. Pues ni siquiera en la mismísima Capilla Sixtina bajo los magistrales  frescos de Miguel Ángel deben ser agradables los encierros.

Primer plano del nuevo Papa con la mira ausente

El pontífice está desorientado

Casi sin darse cuenta y como en una nube, fuera del tiempo, el nuevo pontífice recibe la sincera felicitación de todos sus colegas. Ya estas imágenes dejan entrever que el recién elegido Papa no es consciente de lo que realmente pasa. Y, mientras se deja vestir ceremoniosamente, el Papa permanece absorto, con la mirada perdida -una mirada que le acompañará en toda la historia como la imagen de la desolación-, como si no fuera él, como ausente. No se lo cree, no entiende.

Mientras en el interior de San Pedro la ceremonia avanza ordenadamente, fuera, los fieles que llenan la plaza y que han esperado durante horas la salida del famoso humo blanco, esperan la bendición desde el balcón principal de la basílica. Pero el hombre que debe salir, aplastado por la incertidumbre y la impotencia, no puede hablar a quienes le esperan. De golpe le asalta la duda, y la duda lleva un pesado nombre: responsabilidad. El cardenal Melville, que así se llama el nuevo dueño de la silla de San Pedro, es superado por la angustia, la inquietud, el miedo a enfrentarse a la realidad que se le viene encima. Y, aunque sus compañeros y asesores intentan convencerle y hacerle entrar en razón, el pánico lo domina, tanto, que le sumerge en un episodio de depresión y huida.

Ante esta situación hay que buscar una solución y ésta es la del tratamiento de un psicoanalista renombrado -el propio Moretti- que, al entrar a realizar su trabajo en el Vaticano, queda también preso en el secretismo de tan extraña situación.

El Paapa de espaldas, meditabundo

Pesada es la carga sobre los hombros del nuevo Papa

Pero el Papa, hundido ante la responsabilidad y el miedo, no puede hablar, no puede exteriorizar sus temores. Y se escapa, y sale a la vida, y -parece que por vez primera- ve el mundo: personas que caminan por las calles, familias que regresan a casa, jóvenes que se divierten en uno de los puentes que atraviesan el Tiber. Y se siente extraño, perdido, o quizá sintiendo que ha perdido o que está perdiendo algo, o que no es capaz de dar esperanza a tanta gente que no conoce, a tantos seres tan distantes, tan humanos, tan vivos. Quizá es él quien se ha perdido no se sabe dónde. De donde viene no sabe nada del mundo de fuera.

Ante la ineficacia del primer intento, debe recurrir a otro experto en psicología, esta vez una mujer, -que interpreta la actriz Margherita Buy- sin saber a quien está tratando realmente. Aquí sí, aquí el cardenal Melville se descubre a sí mismo cuando a la hora de tener que decir a qué se dedica se define como actor, una profesión a la que se quiso dedicar de joven y que siempre le ha gustado mucho pero ahora, a estas alturas, ya está cansado, ya no quiere ejercer.

Habemus Papam refiere dudas, grandes, imponentes dudas, de la humanidad y la incapacidad, incluso la imposibilidad, de asumir una responsabilidad para la que la persona escogida parece no estar totalmente preparada, que le sobrepasa. La película habla incluso de la humildad de los grandes.

Hay quien pudiera pensar -y, por qué no, estaría en su absoluto derecho- que el flamante, aunque aún no presentado, Papa, esquiva la responsabilidad que le corresponde aceptar, que evita el compromiso con el papel que se le ha adjudicado, mientras buena parte del mundo permanece parado y expectante. Un pensamiento éste que, por otra parte, está muy vinculado a las normas morales de la religión católica en la que hemos sido educados y que precisamente representa, con todo su poder y  parafernalia, el Vaticano.

Yo, en esta reflexión, que no crítica, ni a la película, ni a la actuación de cada uno de los actores-personas del film, quisiera ser algo más optimista, incluso benévola, y verlo como el valor de alguien que, a pesar del gran deber impuesto, un deber con mayúsculas, mayúsculas de historia, de tiempo y de poder, es capaz de pararse, de ser honrado y decente consigo mismo y con la muchedumbre que le espera fuera, ansiosa. Y cuando sale, y todos creen que lo hace para acceder y bendecir, tiene la voz suficiente para reconocer que no puede ser lo que se le ha pedido que sea y que no es capaz de soportar la responsabilidad que le ha caído encima.

Qué honestidad, ¡Dios mío! -y aquí la frase está aplicada conscientemente y no como expresión común o al uso- Qué valentía tan grande la de este hombre, tener la integridad para decir al mundo que no. Y tras días de vacilación, inseguridad y miedo lanzar, temeroso pero aliviado, su personal “fumata blanca”.

Ante, para unos quizá no, para otros tal vez sí, legitimidad y derecho del cardenal Melville a renunciar al Papado, a cambiar, en definitiva, el curso de su vida y del orden establecido, la película incluye en una importante escena durante la desorientación del protagonista, una bella canción de la inefable Mercedes Sosa, Todo cambia. Porque, en el fondo, todos tenemos derecho a cambiar y quizá todo pueda cambiar, tan sólo aceptando humildemente donde están nuestros límites y hasta dónde nos permiten llegar. Con su letra, y con su voz en la memoria de los oídos de quienes la hemos escuchado alguna vez, concluyo mis sensaciones sobre una película que recomiendo.

Cambia el sol en su carrera
cuando la noche subsiste,
cambia la planta y se viste,
de verde, en la primavera.

Cambia el pelaje la fiera,
cambia el cabello el anciano
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño.

Pero no cambia mi amor
por mas lejos que me encuentre,
ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo y de mi gente.

Lo que cambió ayer
tendrá que cambiar mañana.

Cambia lo superficial,
cambia también lo profundo,
cambia el modo de pensar,
cambia todo en este mundo.

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el mas fino brillante.
de mano en mano su brillo,
cambia el nido el pajarillo,
cambia el sentir un amante.

Cambia el rumbo el caminante,
aunque esto le cause daño.
Y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño.

Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.

Así como cambio yo,
en esta tierra lejana.

Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.
Cambia todo cambia.

Pero no cambia mi amor,
por mas lejos que me encuentre.
Ni el recuerdo ni el dolor
de mi pueblo y de mi gente.

Mercedes Sosa (Argentina, 1935-2009)

Aquí tienes la página de la película.

Página oficial de la película

10 respuestas a Habemus Papam

  1. Juan José. dijo:

    Aunque ésta se me ha escapado, también soy un seguidor de Moretti. Me atrae su capacidad de tratar con inocente ternura la realidad y su filmografía me ha servido de amena compañía en mis estudios de italiano. Il Caimano, Caro diario, la stanza del figlio son las pelis que he visto de él. Todas me han gustado. De Habemus Papam había leído críticas negativas, pero después de tu opinión la veré en cuanto tenga ocasión. Gracias.

  2. Bueno, suponía que Moretti entraba entre tus preferencias. “La habitación del hijo” es también una película atractiva, pero mucho más interior. “El Caimán” no he tenido oportunidad de verla, conozco el tema y, por supuesto, está en mi lista. Con respecto a ésta, “Habemus Papam”, me alegra que mis comentarios te sugieran verla y obtener una opinión propia. Yo también he leído críticas desfavorables de la película. Quizá no ha gustado que técnicamente esta sea una película menos intimista, parece que tiene más recursos técnicos y económicos que otras de Moretti y que él ejerce un dudoso papel de “divo” al que, ciertamente, no nos tiene acostumbrados y que, por otra parte, tampoco le va. Pero todo esto está rodeado de un divertido halo de ironía, de la que nunca anda escaso.
    Yo, por mi parte, no he pretendido, y te habrás dado cuenta, hacer una crítica a la película como tal, la he utilizado a modo de metáfora. He intentado quedarme solo con el lado humano, aunque en un gran mundo que no aparenta humanidad y, quizá, fue eso lo que más me atrajo: la vulnerabilidad de lo que parece invulnerable.
    El derecho del ser humano a equivocarse, por grande que sea, a dudar, e incluso a cambiar de camino, a parar, a desengañarse y no engañar, ni a sí mismo ni a nadie, aunque sea al final de la propia vida. Mejor eso que nada.
    A salirse del rumbo marcado: depende de cómo se mire tanta es la cobardía de quedarse como de no seguir. El derecho a humanizarse, aunque eso signifique romper las reglas. A ser capaces, por costoso que sea, de parar, decir que no, rebelarse, aunque sea calladamente, silenciosamente. A desmontar el protocolo, lo que no deja de tener su mérito, más aún si es a costa del correspondiente dolor. El derecho a perderse en el propio interior, a aislarse, individualizarse, a la intimidad, a pensar por sí mismo, e incluso el derecho a descansar, aunque eso cueste el ostracismo y suponga la locura a los ojos de los demás. Pero ¿quién está más loco, el que se deja llevar por los acontecimientos y por lo establecido, el que no se para a pensar ni una sola vez, o el que cae enfermo ante el peso de lo inesperado e inabarcable? Por supuesto, de todo esto se podría hacer la lectura contraria, y también sería válida, cómo no. Pero ésta ha sido la que he elegido para mi comentario. Un abrazo.

  3. Isabel dijo:

    Por varias circunstancias no he podido comentarte antes este último escrito tuyo, que me ha parecido genial. Nos has acercardo a una película muy original: ¿Qué pasaría si a un Papa le asustara serlo, no secundar la decisión de los otros en la elección? Qué buen comienzo: “una duda papal”, cuando y donde todo parece tan “religiosamente” regulado y establecido. Pero lo genial verdaderamente para mí está en la profundidad de tus comentarios. Creo que a nivel personal estamos continuamente decidiendo consciente o inconscientemente. Muchas veces nos amparamos para no decidir diciendo que no podemos, que las situaciones son así, que no podemos cambiarlas, que nosotros tampoco podemos cambiar… Pero hay veces que tenemos que ser fuertes y decir: “Aparta de mí este cáliz”. Besos.

    • Querida Isa, como tantas veces, estamos de acuerdo. Me habría gustado agradecerte antes tu participación, pero las circunstancias no me lo han permitido. De todas formas, me alegra que te hayas decidido a decir algo, porque me das pie para otra cavilación sobre este mismo tema y la oportunidad de nuestras propias decisiones. Como ya tú sabes y, como decía también en un comentario anterior, la película y su curiosa trama ha sido una excusa -excelente por cierto- para la reflexión. Porque, al fin y al cabo, y por más vueltas que le demos es sólo una película, un cuento en imágenes, pura ficción toda ella. Creo que sólo los momentos iniciales sobre las exequias del papa fallecido –y que me parece que pertenecen a las de Juan Pablo II-, son documentales. Yo me atrevería a añadir algunas más, pocas: las de la fumata y otras sobre las multitudes en la Plaza de San Pedro. Sólo esas pocas imágenes corresponden a momentos reales. Todo lo demás ha sido magistralmente urdido por el guionista y director, y rodado con decorados, imponentes decorados, que reproducen hasta lo más recóndito de la ciudad vaticana.
      No sé a ti, Isa, a mí me resulta impensable que una historia como esta se hiciera realidad. Siglos de concienzudo y seguro ensamblaje, de férrea, eficaz y poderosa disciplina, no lo permitirían. Para empezar es impensable que sea nombrado un pontífice sin posibilidades, no pronosticado, e impensable e imposible también, aún en su caso, la duda ni la renuncia. E improbable otorgar a un hombre, a la individualidad del hombre mismo, tal posibilidad -por solo y perdido que éste pueda hallarse- en un mundo, como bien dices, y repito tus palabras, regulado y establecido. Y quien está lo sabe.
      En la ficción, el autor de la cinta nos presenta una faceta inusual, individual y triste; y, al mismo tiempo, amable y hasta con cierto atisbo de inocencia.
      Este es el fundamento del cuento, pues la realidad no permitiría el más pequeño resquicio, la más mínima fisura por la que pudiera colarse una, por pequeña que fuese, amenaza a la inestabilidad o el desequilibrio de tan gran obra.
      El cuento, por tanto, termina como un cuento. En la realidad, el final vendría determinado por la misma naturaleza de la situación y sólo podría ser uno: bendición y clamor de la multitud congregada. Y como toda fábula lleva una moraleja, la de esta podría ser que hace siglos que en ese gran mundo no queda sitio ni para la duda ni para la sorpresa. Y eso, como se suele decir, Isa, lo sabe hasta el Papa. Un beso.

  4. Rafa dijo:

    “Todo cambia”, de Mercedes Sosa… es interpretada la mayoría de los días de Mercado aquí en Noia por la chica que podeis ver en este link…

    El artículo ha sido escrito por Maxi Olariaga… buen amigo mío…
    Espero que esta artista siga visitando las calles de Noia con su voz… puro arte….

    • Esperemos que sea así. Son muchas las voces tristes y grandes que alegran nuestros pasos en las calles por donde pasamos. Y, la mayoría de las veces, no oímos. Tú has tenido un recuerdo para esta chica. El autor del artículo también lo tuvo. Desde aquí no podemos escucharla, pero detrás de vuestras palabras, casi podemos imaginar el sonido de su voz. Gracias. Un abrazo.

  5. Rafa dijo:

    Este verano, si os acercáis a Noia, sin duda la escucharéis…

  6. Daniela Campos dijo:

    La vi el año pasado en mi clase de italiano y la historia a pesar de tratarse de una película que refleja a la iglesia católica, encantoron las actuaciones de Jerzy Stuhr, Renato Scarpa, Michel Piccoli quien es el personaje central al interpretar all Papa electo fuera de la iglesia, más cintas como estas hacen falta.

    • Daniela, muchas gracias por tu comentario. Que, por cierto, después de pasado ya un tiempo desde que fue incluida esta entrada, me da pie a unas palabras por mi parte. Hace casi dos años, en un comentario anterior decía que me parecía impensable tal desenlace en la película. Pero curiosamente, a los pocos meses se produjo la renuncia del entonces pontífice, Benedicto XVI. Y a éste le ha sucedido un Papa más aperturista que los anteriores y que parece que está dando un importante giro a determinadas cuestiones en la Iglesia. Como si Francisco, el actual Pontífice, hubiese salido, como Michel Piccoli en la película, a dar una vuelta por la calle, a encontrarse con las personas que la transitan a diario. Y en este sentido, el film de Nani Moretti ha resultado, en cierto modo, y curiosamente, “casi premonitorio”.

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