El artista y la modelo

“El artista y la modelo”

Cartel de la película

“El artista y la modelo”. Cartel de la película

Hace solo unos días pude ver, por fin, la película El arista y la modelo. Al aire libre, la noche de agosto acabó enfriando algo, pero agradaba la frescura del relente después de tan intenso calor del día. Buena parte del poco público que había acabó cubriéndose con algo de abrigo. Quienes vienen a este cine de verano saben que han de ser precavidos, pues la noche puede acabar refrescando, y más en agosto.

Me llamó la atención el número de espectadores, muy pocos. Y es una pena que películas como esta no sean disfrutadas por más gente. Quizá, al día siguiente, hubiese más. Tal vez, cuando se estrenó -aunque aquí no había llegado todavía- tuvo más afluencia. Es probable. Porque se trata de una de esas cintas ante las que merece la pena sentarse las casi dos horas que dura, pues son puro deleite.

Estrenada en 2012 en el Festival de San Sebastián, obtuvo la Concha de Plata para su director, Fernando Trueba. También fue una película favorita, con trece candidaturas, en los premios Goya del cine español y preseleccionada para la categoría de mejor película de habla no inglesa en los Óscar. Pero el mejor premio de esta obra consiste en la obra misma, una especie de oda visual al proceso de la creación artística.

Después de ver la película se sale con la sensación de que se ha contemplado una pieza muy estudiada, madurada también, y realizada con mucha paciencia, con el tiempo que impone el cariño a las cosas. Y, sin embargo, el resultado es sobrio, sin adornos. Incluso en la elección del blanco y negro es mesurada. El protagonista es un escultor y la historia está dedicada al también escultor Máximo Trueba (1953-1996), hermano del director. Un trabajo pues consagrado a la memoria del hermano y del artista, quizá de ahí la elección del blanco y negro, como la evocación, como los recuerdos. Es posible.

Me atrajo ya el cartel, muy picasiano, recordando quizá aquél otro título del cuadro El pintor y su modelo del internacional malagueño. Pero también me evocaba el de otra película del mismo director, Chicco & Rita (2010), diseñado por Javier Mariscal. Efectivamente, el cartel de El artista y la modelo es de este último. Y, por cierto, esa es la única nota de color de la obra.

Cartel. Detalle

Detalle del cartel

Rodada en francés, la historia se ambienta en la Francia ocupada de la II Guerra Mundial. Y concretamente en un pequeño pueblo cercano a la frontera española al que llega una chica joven que huye de la dictadura franquista y ayuda a algunos maquis a pasar la frontera. La cuidada ambientación nos sugiere un pequeño pueblo que pudiera corresponder tanto a uno como a otro lado de los Pirineos. De hecho fue rodada también en La Garrotxa gerundense. Pero el marco pretendido es, sin duda, francés y, el pueblo, Céret, a donde llegaron varios artistas plásticos a principios del siglo XX. Acertado y lógico emplazamiento si se trata de un canto a la creación y al trabajo de la obra de arte. Cuidado este aspecto, pues, hasta el extremo, el guión está co escrito por Jean-Claude Carriére, escritor surrealista que fue colaborador de Luis Buñuel. Han sido considerados, pues, hasta los detalles más mínimos.

En este pueblo vive el viejo escultor Marc Cros (interpretado magistralmente por Jean Rochefort) en compañía de su esposa Léa (Claudia Cardinale), una bellísima mujer que fue modelo de grandes artistas y musa de Cros. El escultor hace años que dejó de trabajar sin haber logrado nunca su gran obra. Y vive apaciblemente desilusionado en medio de una guerra que parece que no va con él, pues ya no espera nada de los hombres. Si acaso hay algo que pueda despertar su interés es el concepto de la idea, de la inspiración y de la belleza, y su búsqueda, ese algo que puede no lograrse jamás, o que quizá puede surgir en cualquier momento, siempre que nos apliquemos a ello. Será la aparición de la joven española Mercé (Aida Folch) quien haga ver a Léa el estímulo para que su marido vuelva a trabajar y quizá conquistar por fin su deseo. Y es así como la joven se convierte en la modelo del viejo artista.

El artista mira la obra

El escultor frente a su obra.

A ritmo lento, hay quien opina que demasiado, delicado, muy reposado, la cámara nos permite entrar en el estado, el carácter, el temperamento del escultor, a través de su rostro, de muy pocos diálogos y de muchos silencios. “El silencio… el silencio de la actividad es lo que más me atrae”, es una frase pronunciada por el hermano de Trueba a quien se dedica esta cinta. Y a través de estos silencios y de estas miradas la película nos va mostrando el proceso por el que el artista recobra vigor. La brillante fotografía de Daniel Vilar contribuye de forma extraordinaria a la precisión y el mimo de la mirada, que se trasluce también en los pequeños detalles, como los útiles esparcidos por la cabaña-estudio o el bodegón que crean la vajilla y los alimentos de la mesa en el exterior. Esos detalles que proporcionan los pequeños placeres en los que, muchas veces, se apoyan los momentos felices: una rebanada de pan con aceite de oliva, un baño de sol, una conversación o un ensimismamiento.

Toda la ambientación, y la mayoría de las escenas, nos conducen por una obra intimista, profundamente interior. Los rostros y las miradas, sobre todo del protagonista principal, nos sugieren anhelos, nostalgias, incluso vacíos, huecos que solo pueden ser llenados con el concepto propio de la belleza y la emoción del arte, y con el proceso mismo de la creación, no siempre amable, no siempre fácil y siempre inestable.

La película comienza con la llegada de la musa, pero el hilo la historia no termina en la reconciliación con el trabajo -el artista tiene ya demasiados años, demasiada vida para conformase con eso-, lo que busca en realidad es una idea perfecta, perseguida, la cima de la inspiración, que acabará por interesar también a la propia modelo del escultor. Poco a poco, y no sin dificultad, ésta acabará llegando, y lo hará en pleno proceso creativo, en el trabajo diario. El relato es una especie de guión sobre la vida, los sueños, la belleza, la inspiración, las emociones, la vejez y la muerte. Siempre tratado con la complejidad de la sencillez. Una sencillez que llega a caer en una contradicción casi preciosista. Pues soy de la opinión de que la sencillez solo se logra con un complejo y difícil trabajo previo.

También es esta una historia donde están muy marcadas las despedidas. Los personajes secundarios -que parecen un poco desacompasados del ritmo de la obra- parece que nos van anunciando las despedidas definitivas. Y, aunque nos queda la impresión de que el peso recae sobre los dos actores protagonistas y que probablemente sólo con ellos el resultado sería el mismo, estos otros seguramente existen para acentuar la presencia de ellos dos.

Con relación a esta presencia de las despedidas, el mismo protagonista  descubre, mejor dicho nos descubre, que las personas comenzamos a entender la vida cuando sabemos que ha llegado la hora de partir, de dejarla, en la despedida definitiva. Pero algo de la propia vida también se le deja a otros, pues de alguna forma la suya se prolonga en la de la chica, que aprende y hereda su cariño por el arte. Y ese lento adiós, en cierto modo dilatado, y también ese traspaso, se realizan de forma sencilla, con el trabajo diario, con escenas apacibles en la plaza, con sensaciones, aromas, sabores y luces amables.

Dibujo de Rembrandt

Niño que aprende a andar (h. 1660). Dibujo de Rembrandt

La entrega del saber, el traspaso de los sueños y también, por qué no un homenaje al dibujo como arte, queda plasmado en una de las escenas, para mí, de las más conseguidas. Es aquella en la que Cros consigue trasladar al espectador su amor por la obra de arte y hace que nos emocionemos con la de otro artista, uno de los mayores que ha dado la historia del dibujo y la pintura, Rembrandt. La explicación que hace el escultor a la modelo del pequeño dibujo del holandés es verdaderamente conmovedora: cada palabra, cada gesto, cada silencio destilan reverencia y amor por el arte. Para mí, es esta una de los momentos más logrados y sintéticos de toda la obra.

Con esta continua insistencia en lo artístico, la contemplación de El artista y la modelo nos aproxima a ver una película con la misma emoción que podemos contemplar una obra de arte plástica, una escultura, o quizá una pintura impresionista. La perfecta armonía y plasmación de los planos del cuerpo de la modelo y, sobre todo de los bocetos del artista, resultan exquisitos y expresan un homenaje al dibujo como creador de formas. Y, desde luego, desde el punto de vista visual la podemos calificar de arte. Tampoco falta la presencia de la necesidad y de la búsqueda de la belleza casi como parte y sentido de la propia vida.

Modelo posando

Posando. El artista vislumbra la obra en el cuerpo de la modelo.

El cuerpo de Mercé proporciona artísticas composiciones, pero los bocetos de Marc hasta consiguen superarlos. La contemplación del cuerpo desnudo de la modelo es pudorosa, pues la energía del artista se concentra en la plasmación de la belleza y no en la belleza misma de la chica, aunque Cros considere al cuerpo femenino como el ideal de hermosura e incluso prueba de la existencia divina. Pero los sentimientos existen, y el deseo también, hasta el punto de que la inspiración llega con él y de alguna forma el artista recupera un vigor físico a la vez que intelectual y con ello remata su existencia. Ya está preparado para marcharse.

Porque en cierto modo en el tiempo compartido entre el artista y su modelo, entre gestos, palabras y silencios el artista realiza su obra, modela el cuerpo que le inspira pero también moldea a la muchacha y le transmite la sensibilidad hacia la obra de arte. La escena del dibujo de Rembrandt resume, en cierto modo, este trayecto. Es también entonces cuando comienza la confianza entre ambos, una confianza que acabará por descubrir y liberar los sentimientos. La chica, inocente, ignorante y valiente, aparece en la vida del viejo escultor de forma providencial y consigue liberar en él el último aliento de vida, tanto física como intelectual. Gracias a ella termina de entender y se puede despedir tranquilo. Al mismo tiempo, el escultor modela dos obras con toda la sensibilidad de la que es capaz, tanta que el trabajo se vuelve caricia, en el barro, en la escayola, en el papel. Y, conseguida la obra todos se marchan. Mercé suponemos que continúa al ritmo de la bicicleta un camino diferente y nuevo cuyo destino irá unido al arte.

Lógicamente, es lo más natural, he conocido críticas desfavorables de la película, incluso las hay que le atribuyen cierto “machismo”. Sinceramente -es una opinión que me parece muy respetable- no creo que sea esa la lectura ni el centro de atención de esta obra. Quizá verla desde ese punto de vista llegue a ser incluso algo simplista. El relato va más allá, se adentra en la creación artística y su proceso, incluso su dolor, en la reflexión, en la espera serena del final, en la belleza observada y entendida desde diferentes ópticas, tanto conceptuales como naturales, en el intercambio y la transmisión de saberes y de sentimientos. Tratado con un ritmo muy lírico, muy pausado, en un ambiente sencillo y, sobre todo, y esto es algo muy importante en una película, con una invitación a mirar. En este sentido la película me parece una especie de homenaje a las artes plásticas en general, no solo a la escultura, también a la pintura, y a la fotografía. Y, desde mi punto de vista, una clara ofrenda al impresionismo.

Sí, desde los primeros fotogramas el viejo escultor pasea, contempla y se adentra en la grandiosidad de la naturaleza, quizá la inspiración, tal vez paz. Y los paisajes nos acercan y recuerdan cuadros impresionistas. También los desnudos. Algunos de los desnudos, sobre todo al aire libre, nos traen a la memoria a Renoir. Lo que resulta curioso es que el movimiento pictórico impresionista utiliza la luz a fin de descomponer las formas y crearlas a su modo con el color. En El artista y la modelo la luz solo refleja tonos grises, infinitos tonos de grises que, por momentos, hace que nos olvidemos de la monocromía de los paisajes y las escenas y que nos venga a la memoria visual el hijo del pintor, Jean, el cineasta. Y, desde luego la obra plástica que se crea durante toda la película nos presenta de forma muy directa al escultor Aristide Maillol y, por qué no, también a su modelo y musa Dina Vierny. Maillol vivió en el Rosellón, Pirineos Orientales, y su edad vendría a coincidir con la del protagonista. Algunos episodios de su biografía parecen reconocerse o, al menos, haber influido, en la del personaje de esta obra. Y la obra escultórica es la suya.

A pesar de la humedad de la noche, la contemplación de El artista y la modelo invitaba a saborear un poco más el momento. Una cierta calidez parecía haberse desprendido de la cinta y no era otra que esa especie de roce cuidadoso que acompaña toda la película: de miradas de extrañeza y sorpresa, también de experiencia, de las manos ancianas del artista, del sol en los árboles, de las aguas del río, del aceite en el pan… La amable sensación de una caricia para la vista.

2 respuestas a El artista y la modelo

  1. juanjo dijo:

    ¡Hola, amigos! Había visto la película y aunque en la memoria de mi disco duro cerebral se han borrado muchos momentos, tengo el recuerdo de haber visto una película muy hermosa en lo que transmite y en cómo lo transmite. Mercedes, poco puedo añadir al comentario que haces pero creo que coincidimos en las sensaciones que nos transmitió la película. Me alegro de compartirlas con vosotros. Un abrazo.

    • Hola Juanjo, a nosotros no llegado la oportunidad de verla hasta ahora. Pero, desde luego, esta es una de esas películas que no pasan de moda. El tema que la centra y el modo en que se hace, creo, que acompañan siempre, pues se trata, fundamentalmente de sentimientos. Me alegra que coincidamos en lo que de ella percibimos y, por supuesto, ya lo sabes, de compartirlo también contigo. Hasta pronto.Un beso.

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