Color contra dolor

COLOR CONTRA DOLOR

La película RENOIR. 

Cartel de la película

Cartel de la pelócula

Hace poco mas de un mes incluía una entrada en este sitio con un comentario sobre la película El artista y la modelo (Fernando Trueba, 2012). Es curioso que aquella obra me trajera referencias del impresionismo y de la obra de Renoir y ahora, unas semanas después, me enfrento a otra película, Renoir, también de 2012, estrenada en España a principios del pasado mes de agosto y que acaba de llegar a mis carteleras habituales.

Y, desde luego, no puedo más que comparar. Quizá buscar las semejanzas, o las diferencias, entre ambas, pueda parecer lo más fácil. Pero me resulta imposible no hacerlo, más aún, estando la otra tan reciente en mi memoria.

Gilles Bourdos, su director, ha manifestado conocer la existencia, pero no la película de Trueba; aún así parece que un misterioso contagio se ha producido entre ambos artistas. Misterioso e inexistente, sin duda, pues los dos llevan años preparando su historia.

Renoir se desarrolla también en el sur de Francia -en esta ocasión en la Costa Azul- y casi treinta años antes que la película del director español, justo los años que separan la II Guerra Mundial de la I Gran Guerra, en 1915.

Modelo y pintor

La modelo ante el pintor

El viejo Renoir, Pierre Auguste, pasa sus últimos años en la bellísima finca “Les Colletes”, en el Cabo de Antibes, cerca de Cannes. Unos años antes se había trasladado allí con su numerosa familia. Pero en 1915 la vida del pintor ha cambiado: ha perdido a su esposa, se ha iniciado una guerra sangrienta que afecta a casi toda Europa y en la que se encuentran sus dos hijos mayores, ambos heridos. Y sus días pasan bajo el cuidado de sus mujeres -anteriores modelos que han pasado al servicio de la casa-, la añoranza de sus seres queridos y la distancia de su hijo menor, un muchacho extraño y poco comunicativo.

Renoir, el pintor real, como Cros, el escultor imaginario, únicamente encuentra aliento en la pintura, pues sólo quien entiende la pintura puede entender la vida. Pero la pintura es dolorosa, pues una enfermedad afecta seriamente sus articulaciones.

Hijo y padre

El hijo ayuda a vendar las manos del padre

Como ocurría en El artista y la modelo, una joven entra en la casa y cambia, en cierto modo, la vida de toda ella. Andrée, este es su nombre, se convertirá en la modelo del pintor y le devolverá el ansia de crear, pues pasará a convertirse en una nueva inspiración. Además, el segundo de sus hijos, Jean, regresa al hogar familiar para recuperarse de sus heridas. Y, como no podía ser de otro modo, entre los jóvenes surge la atracción, un enamoramiento que la algo descarada joven se encargará de despertar.

Como en la película del director Trueba, los personajes que rodean al trío central tienen un papel poco decisorio pero, quizá, y desde mi punto de vista, son los que nos dan las pistas que faltan para entender las biografías de todos ellos, unas señales que resultan ciertamente incompletas, pues las historias vitales no quedan totalmente cerradas.

En la película del español el escultor protagonista era un ser imaginario, la suya era una historia de ficción, aunque en ella se colaran algunos elementos reales. En Renoir, se cuenta una historia real, las vidas de unos seres reales, que vivieron de verdad, aunque en la narración entren ciertos componentes imaginarios. Y quizá, algo que se echa en falta es que los personajes no aparecen completos, se dejan entrever sus dramas personales, pero no se desarrollan. Y sus existencias se nos presentan como chispazos, destellos que se vuelven escenas y sucesos domésticos, pero que no son capaces de aportarnos la información que precisamos para entenderlos por completo.

Modelo

La joven modelo

Mientras tanto, por el hogar y la memoria de sus habitantes -sobre todo por la del joven Jean- planea la sombra de otra modelo, Gabrielle, que ha sido despedida durante la ausencia del hijo soldado. Al final de la película, como si toda la narración fuese un paréntesis en la vida de la casa, ésta acabará reincorporándose de nuevo y, al marchar otra vez el hijo hacia el frente, todo volverá a seguir igual. Pero no del todo, porque algo habrá sucedido mientras tanto y ese algo es la llegada de Andreé, que acabará cambiando la existencia de todos y muy especialmente la de Jean Renoir. Hasta el punto de que el film puede quedar estructurado en dos núcleos esenciales: las relaciones de la modelo con el pintor, llegando a desarrollar, como en El artista y la modelo, un vínculo de comprensión y afecto, y la de ésta con Jean, el hijo que, parece que animado y, en cierto modo  despertado por ella, se atreverá a convertirse en un maestro del cine y lo logrará, como ya sabemos. De modelo del padre a musa del hijo y también esposa, pues al regresar éste último de la guerra se convertirían en matrimonio hasta su separación en 1931.

Durante ese tiempo, finalmente padre e hijo se habrán decidido a enfrentarse, a decirse cosas a las que no se habían atrevido, y a abrazarse también. Y algo más, se habrán pasado el testigo de la existencia, de la vida y del oficio de artista. Sí, porque ese abrazo final, además de una especie de reconciliación, de una confesión de amor es, también, el relevo de la sangre y del arte, el final de un artista y el comienzo de otro, el paso de un arte viejo a uno que está naciendo.

Yo diría que el título Renoir, no se refiere únicamente a la figura del patriarca, pintor ya consagrado en el tiempo que retrata la película. Renoir, en este caso, es el nombre que designa a toda la saga familiar, representada por el padre y los tres hijos. Sólo Pierre, actor, el mayor de ellos, aparece más distante en la historia. Y el pequeño Claude, que acabará siendo ceramista, representa, en cierto modo de forma inquietante, el sentimiento de la casa: ese dejarse llevar como el corcho en el agua. Pero también están la figura materna y las fieles, leales y vigilantes sirvientas-modelo, o al contrario, modelos-sirvientas. La película trata primero de las personas y después de los artistas, pero ¿hasta qué punto se pueden separar en algunos casos como en el viejo pintor?

Desnudo

Desnudo femenino. Renoir

El anciano es un hombre orgulloso que ha alcanzado la fama como pintor y que a pesar de ello se sigue considerando un artesano de la pintura, que lucha contra el dolor por seguir manejando los pinceles con unos dedos agarrotados por la enfermedad y que, teniendo ya poco que ganar o perder, a sus años expresa con libertad sus opiniones. Y también en alguien que busca la esencia de la pintura, la luz, el aire, la fuerza y la vida en los desnudos femeninos. El hijo es un joven indeciso que se convertirá en un gran artista, aunque aún no lo sabe, porque en realidad no sabe lo que quiere y que, a pesar de no haber pasado necesidades, o quizá por eso mismo, ha encontrado en el frente el compañerismo y afecto que siente que necesita, y en la lucha su pasión y, en cierto modo, su oposición al potente padre.

Cuando el viejo pintor pronuncia la frase, “El dolor pasa, la belleza permanece”, no se esta refiriendo sólo al dolor físico, también al que provocan las pérdidas, las ausencias y la guerra. Es curioso como en el caso del escultor de Trueba tampoco le interesa la guerra, aunque la guerra se les presente a ambos bajo muchas formas: con una modelo que ayuda a los maquis, un oficial alemán amante del arte, o con la presencia en el frente de los propios hijos. Pero a la vejez no le interesan las guerras, prefiere convivir con las pequeñas cosas y poner sus esfuerzos en crear belleza. Al fin y al cabo, es lo que permanece. La juventud, con la vida por delante, quiere participar en la construcción del mundo, aquel en el que cree, porque cuenta también con la inocencia de las ilusiones y la esperanza en el futuro. Es el caso de Jean en Renoir y de Mercé en El artista y la modelo. Andrée, en cambio, en ese sentido es tan vieja como el pintor, ansiosa de futuro, una vez hallado su comienzo, el presente, no lo quiere dejar pasar.

Modelo en el baño

Escena de la película

Toda esto está presentado con una brillante fotografía, con trabajada y conseguida minuciosidad. Pero, a pesar de ello, de la luminosa belleza de los cuadros que, unos tras otro se van sucediendo -y no sólo impresionistas, por cierto, porque algunos de ellos recuerdan a los pintores italianos, flamencos y alemanes, los bodegones, la pintura realista,… o al menos así me lo ha parecido particularmente a mí, como si se hiciera una especie de homenaje a la pintura-, a pesar de la luz impresionista, de los bucólicos escenarios y del color, a pesar de los sentimientos que sobrevuelan las escenas, esta película no me ha provocado la misma emoción que la anterior. No, desde mi humilde punto de vista no ha sabido adentrarse en las almas de los personajes hasta el punto de llegar a las del espectador. Se queda en la superficie. Eso sí, en una apariencia muy bella.

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2 respuestas a Color contra dolor

  1. Juan José dijo:

    Querida amiga: Lo que escribes me hace lamentar no haber visto finalmente la película en una visita que hice a Málaga hace un par de semanas. En su lugar vi The last concert que también te recomiendo. Un abrazo.

  2. Querido Juan José: Muchas gracias por tu recomendación. Me enteré de la película y parecía bastante interesante. Pero si la memoria no me falla, creo que no ha llegado aquí. Le seguiremos la pista. Respecto de la película “Renoir”, disfrutarás con las escenas, auténticas obras de arte, recreaciones de pinturas, paisajes y elementos humanos integrados en ellos. Pero, en mi opinión, creo que el director ha perdido una oportunidad única. Como expreso en la entrada, todo queda demasiado aparente, superficial. Es una lástima que no se haya sacado más a personajes tan ricos. El objeto de la película es fundamentalmente estético y aquí es donde cojea un poco.
    Finalmente no pudimos vernos, lástima. Me alegran tus noticias. Un abrazo también para ti.

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