Al volver la esquina

Hay veces que los títulos se resisten y, por más que se ocurren parece que no resultan. Algo así me ha pasado con éste. Porque esta página, en principio, quería haberse llamado Otros paisajes. Unos paisajes que pudieran ser geográficos, naturales, pero también humanos, interiores y personales, o ambos a la vez. Definitivamente no me pareció un buen título. Parecía pretencioso para unos contenidos tan sencillos y decidí que, más bien, podía ser éste Cuaderno de viaje. Pero también ahora me parece exagerado, porque su esencia, en realidad, está más cerca de un bloc de notas, de una pequeña agenda o una libreta de apuntes. De esas que se llevan en el bolsillo y en las se plasman ideas, tímidos propósitos, pequeños detalles que nos inspiran las luces, las horas, las calles, o los pasos que damos. Esos destellos del pensamiento que no son más que simples ocurrencias que aparecen ligadas a un sitio, a un día, un momento, diferentes muchas veces de los cotidianos, otras no tanto.  O que dormitaban, y despiertan ante el descubrimiento que nos produce un entorno distinto, por cercano que esté.

Es frecuente, que ante la vista de un ambiente que no es el conocido, de una mirada que no es la habitual, nos sintamos más predispuestos a recibir señales, a percibir pequeños detalles que, diariamente nos pasan inadvertidos, y suceden sin ser apreciados. Y salir de nuestro pequeño mundo es, casi siempre, encontrarnos con algo diferente por sencillo y simple que sea: es explorar, descubrir, toparse a veces, con otros elementos, también con nuevas impresiones. A veces muy cercanos aunque desconocidos. También advertidos y temporalmente arrinconados. Y para que esto ocurra no es necesario recorrer grandes distancias, basta, casi siempre, con abrir una puerta y llevar en el equipaje curiosidad y espacio para la sorpresa y el asombro. Y, por supuesto una gran predisposición para dejarse seducir y conmover. Este equipo nos permite ver aquello que se nos presenta, lo busquemos o no, con otra mirada, más dispuestos a atenderlo, a percibirlo y a emocionarnos.

Y estas páginas, que en realidad no lo son, se disponen a recoger apuntes, imágenes, percepciones, sensaciones, vivencias, emociones, que tienen en común estar señaladas por una particular geografía a la que contribuyen la naturaleza y las creaciones del hombre. Y también a registrar sutiles descubrimientos, discretos instantes y momentos tan intrascendentes como propios y tan frágiles como únicos. Unos hallazgos, unos encuentros más bien, que están tan cerca…, justo ahí al lado, al volver la esquina.


Duero portugués

Viñas y olivos,

muy de vez en cuando,

bajan a saltos hasta el río.

Escriben la tierra,

con alfabeto morse,

en código cifrado

de líneas y de puntos.

¿Qué no están diciendo?

No hace falta entenderlo,

con mirarlo nos basta.

 

Es un paisaje escrito

por la mano del hombre:

esforzada y paciente

creación casi divina.

Obra maestra

que pide contemplarse,

gozarla, retenerla,

y recordar de lejos.

Sí, también ser evocada.

Que es regresar de nuevo.

(Septiembre, 2012)

 

Alto Douro

Terrazas do Alto Douro

 

Alto Douro Vinhateiro

Alto Douro Vinhateiro.

Miro el paisaje

y descubro un manto pardo,

ocre como la tierra.

Con minuciosos bordados

de hilos verdes,

festoneado de cepas

y cosido con hebras

ricas como el oro,

como el ámbar

más preciado.

Y como el rubí

más valioso y puro.

 

Alto Douro Vinhateiro.

Miro el paisaje

y descubro la siembra

de un fruto deseado,

dulce y generoso.

(Septiembre, 2012 )

 

Alto Douro portugués

Paisaje de terrazas. Valle del Alto Douro portugués.

 

Cepas en otoño

Cepas de vid en el Alto Douro (Portugal)

 

Talavera la Vieja

En la comarca cacereña de Los Ibores, entre Navalmoral de la Mata y Guadalupe, en el término de Bohonal de Ibor, sorprende en el camino, apenas sin cambios, una construcción que nos obliga a parar. Detenemos el coche y al borde mismo de la carretera, bajo la tenue luz del atardecer invernal, se alzan orgullosas unas finas columnas, un pórtico esbelto, limpio, sencillo pero imponente. Debajo, a poca distancia, el embalse de Valdecañas, de cuyas aguas fueron salvadas estas piedras.

Ya delante de ellas descubrimos el misterio. Se trata de los restos, columnas y basamento, de uno de los templos de la majestuosa ciudad romana de Augustobriga, a orillas del Tajo, en la calzada romana que unía Mérida (Emerita Augusta) con Talavera de la Reina (Cesarobriga), y que se convertiría en época medieval en Talavera la Vieja.

Parece que estas piedras pertenecieron a la columnata llamada de Los Mármoles, modelo para la construcción del templo emeritense de Diana que, junto a algunos restos del templo llamado de La Cilla, fueron salvadas de ser anegadas por el pantano en 1963.

La visión de este monumento delante de las aguas, inesperado, nos reanima del cansancio del camino, ya de vuelta.

 

Grabado antiguo de Talavera la Vieja

Templo antiguo de Talavera La Vieja. (Grabado). A. Laborde, 1806.

 

Y así las vimos

 

Romana Extremadura

Romana Extremadura.

Sagradas piedras,

vetustas y labradas,

salvadas de las aguas.

 

Talavera la Vieja.

Obligada parada

para el caminante,

deleite del viajero

en medio de la nada.

 

Clásicas ruinas.

Altar ya vacío,

templo de nadie.

(Febrero, 2012)

 

Templo de Talavera la Vieja

Talavera la Vieja. Restos de Augustobriga. Cáceres.

 

En Portugal

Las terrazas se extienden,

como un manto bordado,

hasta el rico valle:

Cauce majestuoso

que el Duero domina,

y formó para sí mismo

corriendo, país abajo,

hacia la mar, por Porto.

(Septiembre, 2012)

 

Alto Douro

Paisaje en terrazas con vides. Alto Douro. Portugal.

 

Oporto al atardecer

Río Douro a su desembocadura por Porto. Portugal. Paulo Fernandes.

 

 

PONTEVEDRA

Recién entrado el otoño, Pontevedra me pareció una ciudad tranquila, que respira al ritmo del hombre, que camina al ritmo del hombre. Una ciudad que vive con un acorde propio marcado al compás de tañidos que soplan y resoplan en el aire y por la cadencia del agua que derraman sus hermosos surtidores.

Me recibe con lluvia. También con ella me despide. No me importa. Al contrario.  Sus paredes de piedra y su empedrado suelo relucen bajo el agua, que viene acompasada y cadenciosa, o no tanto. Persistente, seguro. Esa agua purificadora que resbala por todas partes, que lo lava todo, que todo lo limpia: el aire, la calle y el espíritu.

Capital costera sin mar, llega hasta él por el río, bajando el Lérez, y este mismo mar  se le acerca por la ría, la de su nombre. Pero todo en esta ciudad es agua y parece que a ella invoca. Es agua la del río, que la rodea; agua la de la lluvia, que la cubre muchos días del año; agua la de sus fuentes, que la salpican en cada plaza; y lo son, también, esas otras aguas saludables que reponen y alivian los cuerpos cansados.

Sus iglesias refugian de los aguaceros, cobijan los soportales en la marcha diaria y sus puentes, la salvan. Sin duda una ciudad que cuida los puentes y se llena de  fuentes, es una ciudad que honra el agua.

Plaza de la Leña. Cruceiro y soportales. MGP.

Plaza de la Leña. Cruceiro y soportales. MGP.

Pontevedra

Llegué a Pontevedra.

Por fin. Cuánto tiempo.

He visto Pontevedra,

amable y recogida:

Un burgo distinguido

de calles complacientes,

de muros respetados.

He visto Pontevedra,

ocupada de cruces,

salpicada de fuentes,

despejada de plazas.

Ciudad de piedra.

Villa de agua.

Tiene escrito,

y bien dicen de ella ,

Que “É boa vila

que da de beber ó que pasa”

Fuente de los niños con leyenda del agua

Fuente de los niños con leyenda del agua

FISTERRA (Finisterre)

Para acercarse a Fisterra cualquier hora del día es buena. Recuerdo que la primera vez que llegué hasta el faro -hace ya de eso  muchos años- era al atardecer y el viento, que parece que allí da la vuelta al mundo, azotaba con fuerza. Pero el encuentro con uno de esos fines geográficos del mundo fue mágico.

Más adentro y protegido, asomando a la ría, está el municipio de igual nombre, acompañado siempre por el graznido de las gaviotas. Su puerto, abrigado y coqueto, con olor a salitre y a embarcaciones, posee también una atmósfera fascinante y seductora. También aquel lugar me trae recuerdos imborrables de otras horas, y de la noche. También hay que volver.

Pero el lugar del faro es grandioso. Aquí se entiende que acabara el mundo. Aquí parece que se abarca el infinito. Si además nos lo encontramos en el ocaso, nos dicen adiós la tierra y el día. Y la imagen puede ser sobrecogedora. El sentimiento, único.

Aquél día ajustamos el tiempo para llegar a Fisterra a la puesta de sol. Y llegamos.

Ocaso en Fisterra

El silencio, de profundo,

volvió el aire espeso.

Y acabó convirtiéndolo

en un manto benéfico,

de comunión y abrigo.

En una llovizna íntima,

y plácida, de emociones,

que nos cubrió a todos

los que allí estábamos.

(Octubre, 2012)

Ocaso en Fisterra

Contemplando el fin del día en el fin del mundo. Ocaso en Fisterra. JMV.

El cabo del mundo

Siempre es emocionante

llegar hasta Fisterra,

y encontrarse delante

la curva de la tierra.

Se dobla el horizonte

porque todo lo abarca.

Y en el final del mundo,

el mundo da la vuelta.

(Mayo de 2013)

PRAIA DE AGUIEIRA (Porto do Son)

Esa tarde de octubre subimos, en coche, hasta San Lois. Jose quería enseñarme tanto el paisaje interior del monte como el que se pude ver desde allí, magnífico. Para llegar desde Noia cruzamos la ría y pasamos por delante do Pazo da Pena Douro, al que tantas veces he intentado entrar sin suerte. A ver si en la próxima… En su interior se encuentra el claustro románico del antiguo monasterio de Toxosoutos, no muy lejos de allí, en San Xusto. Sitios ambos, sin duda, claustro y monasterio que merecen su momento de reflexión, pero habrá de ser para otra oportunidad.

Siguiendo nuestro camino dejamos detrás “A cova da Moura”, curioso nombre para un dolmen, pero estamos en Galicia.

Hasta ahora nunca había subido a San Lois. Y después de ver las fotos de Jose del año anterior, yo también tenía ganas de ver ese paisaje. El primer lugar donde paramos fue precisamente en la curva que recogían las fotografías (una de ellas ilustra la página Y de paso… en este mismo blog) y ya, después, en el mirador. A nuestros pies, y justo enfrente, una impresionante vista de todo Noia, la inmensa playa de Testal  y la majestuosa ria con el sol ya cayendo.

Pero subimos hasta arriba donde la vista se magnifica. A pesar de lo hermoso de la hora, la luz nos impidió contemplar, como hubiésemos querido, este paisaje pues el contraluz del sol no dejaba ver el la salida al mar de este hermosa costa. Habrá que volver a primera hora del día. Aún así, el monte, intensamente inmenso, y al contrario, estaba espléndido, grandioso.

Cuando bajamos decidimos continuar bordeando la ría hasta Porto do Son y Portosin y estuvimos disfrutando del paisaje de la tarde, las enormes playas y el mar, inmensamente iluminado. Y al regreso nos acercamos hasta la playa de Aguieira y bajamos hasta la arena. Todavía al llegar había apenas dos personas paseando por la orilla. Pronto ya no hubo nadie. El viento y el frío del mes de octubre nos obligaban a arroparnos. Y allí contemplamos la despedida del sol.

Cuando ya nos disponíamos a volver sonó el teléfono, nos esperaban. La llamada entró oportunamente. El sol ya se había ido. Nosotros nos íbamos también. Allí dejamos solas a las gaviotas.

Praia de Aguieira I

La playa estaba

tapizada de gaviotas,

que buscan a esta hora

reposo y alimento.

Era ese instante

de pausa de las horas,

de suspensión del día

y de luz a intervalos.

Sólo las gaviotas

escribían en la arena.

La arena estaba fría.

Dejaba de ser blanca

y la cubría la sombra.

El relente se escurre

y al resbalar, espesa

la frialdad de ese aire

que lento se oscurece.

Y sólo las gaviotas,

seguras como nadie,

pasean su descanso.

La luz y las nubes

delinean el ambiente,

dibujan la brisa

y empapan el paisaje.

El cielo es de cobre

y la mar es de plata.

La bruma cubre

los salientes de la costa.

Y sólo las gaviotas

chillan sus antojos.

El lejano horizonte

es boceto y aguada

de colores disueltos

hacia tonos únicos,

hacia solo matices.

Y la mar se ensombrece.

Inestable paisaje.

Las gaviotas se mueven

como puntos, tranquilas,

no lejos de la orilla.

La arena se enfría

el aire se condensa

y sacude la tarde.

Y se aleja la luz.

Cae el día como un peso

sobre la arena fina.

Se queda todo en sombra

la orilla no se encuentra

y sólo las gaviotas

se atreven a acercarse.

Se agranda la distancia

hacia la lejanía.

Los límites desaparecen

y sólo lo cercano,

lo inmediato y seguro,

parece distinguirse.

Los picos de la costa

lejana y su relieve

se vuelven infinitos.

Y las gaviotas vuelven.

Tarda, aquí, el día en retirarse.

Pero se va de golpe,

y lo hombres se marchan.

Todo se vuelve incógnita.

Y es mejor irse lejos.

Cuando la tarde cae

queda la playa sola

y cubierta de gaviotas.

Que no temen al viento.

Que saben sus secretos.

(octubre 2012-mayo 2013)

Playa de Aguieira

Praia de Aguieira (Porto do Son). JMV.

Praia de Aguieira II

Había en la ría

heridas aún abiertas

y cicatrices marcadas

en la arena blanca.

Y lajas de piedra.

Llegó el crepúsculo

y el cielo se vistió

de nubes naranjas,

el gran sol se volvió

de cera, transparente.

El agua fue cubierta

del turquesa al púrpura,

como la llaga abierta

de este estuario.

Bajo el cielo, incandescente,

la mar se iba encendiendo,

agrandando una hoguera

espesa y fluida, de metal,

hirviente,  extraño y raso.

Una hoguera infinita.

Y el color aguamarina

fue variando al turquesa,

al verde, al azul más oscuro

cuando la luz partió

por la tierra del fondo.

Había en la ría

color de despedida.

Un puente envidiable,

un islote, una casa.

Heridas, cicatrices

y lajas de piedra.

(octubre 2012-mayo 2013)

CASTRO DE BAROÑA (Porto do Son)

Al atardecer, fuimos una vez más, Jose y yo, hasta el castro. Recuerdo cuando estuvimos la vez anterior, cuatro años antes, los dos, y también Rafa, a quien llevamos para que conociera este rincón que tanto nos atrapa. Tenía todo una luz diferente, más clara y luminosa, menos enigmática. Era entonces agosto, y era también de día, a media mañana y mi padre, que nos acompañaba pero no podía llegar hasta allí, nos esperaba sentado al inicio del camino. Luego le contamos lo que vimos, el sendero  y el sitio que andábamos buscando.

Caastro de Baroña

Vista de la playa y el castro. JMV.

Castro de Baroña

Entro en recintos circulares

de piedras superpuestas.

Subo por cimientos de casas

de hombres antiguos,

de antepasados de los míos,

de ascendientes lejanos

de todos mis abuelos.

Una lengua de tierra milenaria

me conduce más lejos,

hacia el cercado ruedo

poblado de cabañas,

antigua península

hecha castro y morada.

Como todos los días

golpea ronco el mar

por todas partes.

El mismo mar de siempre.

También el de los hombres

que no conocí nunca,

que de él se defendían

a los que él sustentaba.

Baña hoy la colina

la luz del ocaso.

Esta hora prodigiosa

que despide a la tarde.

Quizá el mejor momento

para encontrarse.

Para despedirse también

de estos hogares,

fantásticos y antiguos

entintados de rojo.

El mar sigue rompiendo

por todos los frentes.

Parece que por aquí

no conoce el descanso.

Tan solo se apacigua,

se templa y dulcifica,

hacia la inmensa playa

bajo la ciudadela.

Area Longa, la llaman,

larga lengua de arena.

De ahí su nombre.

Menos el horizonte

y la mar de delante,

todo se vuelve oscuro

y azulón se sombrea:

la playa, el monte

y el camino de vuelta,

perdido entre pinares.

Tomamos el sendero

ya a punto de la noche.

Descubro piedras blancas

de arume salpicadas,

como agujas de cobre,

como lanzas de pinos,

que brillan en el suelo.

Y emprendemos la vuelta.

Cuando miro hacia atrás

se me va diluyendo,

como desdibujado y

apagado entre sombras,

el antiguo poblado.

Tres veces misterioso.

A medio construir.

A medio destruir.

A medio restaurar.

(Octubre, 2012)

Camino del castro

Camino en el monte. Bajada al castro. JMV.

ÁVILA

Al regreso de un viaje reciente al norte de España, decidimos parar en Ávila y estar dos días en la ciudad. La conocíamos, pero más bien de paso. Las otras veces que estuvimos en ella apenas nos dio tiempo de pasearla, de respirar el aire místico que parece acompañarla. En esta ocasión se presentaba esa oportunidad y decidimos aprovecharla. Además, queríamos acercarnos a Arévalo, sede este año de la exposición Las Edades del Hombre que, bajo el título de Credo rinde claro homenaje a la fe -nada mejor entonces que esta tierra-, y a Madrigal de las Altas Torres. Ciudades, estas dos, unidas a Isabel la Católica, la segunda por nacimiento (también donde encontró la muerte fray Luis de León), la primera por ser el lugar donde pasó la niñez y estar especialmente ligada a su figura. Ambos municipios se encuentran en la comarca abulense de la Moraña, custodiando edificios mudéjares y rodeados de inmensas llanuras de cereal, paisajes de la meseta castellana que parecen infinitos.

Y atravesando algunos de esos campos sin fin nos fuimos acercando a nuestro destino. Cuando emprendimos el camino por la mañana, parece que ya dejábamos la lluvia atrás, pero también ésta nos esperaba más adelante. Y así, durante el trayecto, se fueron intercalando espesos nublados, alguna tormenta que nos acechaba, chubascos y cielos que se abrían dejando pasar, por momentos, un sol intenso y atrevido. Una jornada de tormenta que iba evolucionando al mismo tiempo que lo iba haciendo el paisaje. Y, después de algún desvío intencionado, llegamos por fin a la ciudad amurallada. Qué curioso, en este viaje habíamos estado en tres ciudades cercadas por muralla, todas ellas magníficas, singulares. Eran, además de ésta, León y Lugo.

Cuando entramos en Ávila la tormenta había estallado poco tiempo antes, nos había cogido de lleno kilómetros atrás y aquí, las nubes, todavía pesadas y oscuras, se iban deshaciendo alumbradas por la inmensa luz que les iba dando alcance. Hacía un cierto bochorno y la luz intensificaba la limpieza del aire. Así fue como nos la encontramos.

 (Junio de 2013)

Vista de Avila de Sorolla

Ávila. Así la vio también Joaquín Sorolla.

Llegamos a Ávila

El día ha ido dejando

atrás la tormenta.

Parece que nos iba

siguiendo los pasos:

nubes grises delante,

cielo espeso

y lienzos de agua

a uno u otro lado.

Así, durante horas.

Y algún aguacero,

de vez en cuando.

Ahora nos da un respiro.

Ya divisamos Ávila,

apacible y cercada,

delante de nosotros.

Tras de los cuatro postes

la ciudad nos espera.

Ávila: loma,

catedral , muralla,

y algún campanario,

que sobre el gris destaca,

entre inflamadas nubes.

Y una enorme espadaña

en un costado.

Fortificado recinto, parece,

encerrado en su historia.

Un conjunto imponente

al que asomarse y entrar.

Y de pronto, una sombra

que, leve, apresurada

y revoltosa, me ronda.

Es una urraca

que corre por mi lado.

Y que brinca impaciente.

No se asusta.

Entonces me imagino

a una monja traviesa,

que, con habito antiguo,

curiosa, alegre, inquieta

y seducida por la primavera,

se ha escapado, a escondidas,

esta tarde, del convento.

Cuatro postes y Ávila

Ávila. Los cuatro postes y la ciudad al fondo. JMV.

Paisaje divino

Bajo este sol que asoma

entre nubes de plomo

se alzan piedras seguras

tan grises como el cielo.

Son rocas de granito,

suelo y sostén de Ávila.

Hay cielo de tormenta

y bochorno en el aire.

Llovió hace un rato

y lo iluminó todo:

el contorno de las nubes,

los sillares dorados

de su apretado anillo,

las paredes, almenas,

torres y barbacanas.

Entre el recio peñasco

y la villa bendita

hay un aro de historia:

la perfecta muralla.

Y esta luz de la tarde,

tan limpia como un rezo,

lo separa del fondo,

lo define y despega

en su escala perfecta.

Bajo este inmenso cielo

tormentoso y soberbio,

¡qué magnífica estampa!

¡qué divino paisaje!

Ávila tiene

Ávila tiene

cimientos de piedra

y una fuerte muralla

que la circunda,

un hermoso cercado,

dorado y justo,

que la defiende.

Una sólida peana

sobre la que alza

una espadaña alta,

un caserío turbado

y una sagrada fortaleza.

Esta sobria ciudad

está santificada

y presume de ser

sagrada, austera

y recia.

Y es que tiene también

un ramo de santos

que la protegen

y la guardan.

Por eso, no importa,

que esta tarde

de bochorno y primavera,

el aire se llene

de caballitos del diablo.

Plaza e iglesia de Ávila

Plaza de Santa Teresa e iglesia de San Pedro. Ávila. MGP.

Ávila, eres

Eres una ciudad

de santos encerrados,

y también penitentes,

fundadores de dogmas

y doctrinas hispanas.

Eres una ciudad

de conventos, de iglesias

y personas devotas.

Oh, villa confinada,

tras piedras centenarias,

de sillares solemnes,

de lienzos señoriales,

y atalayas sublimes,

que reza padrenuestros

tras una fortaleza.

Mística como pocas,

única, como una,

y siempre misteriosa.

Estás, de todo, lejos,

menos quizá de Dios,

o eso pretendes.

Tus hombres y mujeres,

tan recios como austeros,

soportan el calor,

y resisten al frío.

También de eso presumen.

Murallas de Ávila

Las murallas de Ávila. La ciudad, dentro. Fotos JMVargas

Ávila mira desde arriba

Ávila mira desde arriba,

desde su atalaya

de capital y cima,

desde más de mil metros

de calor y de frío,

de vientos vespertinos.

Ávila toca el cielo

desde sus espadañas,

que clava como lanzas

en el aire celeste

o en las nubes opacas,

atmósfera sagrada.

Ávila se recrea

en su prisión divina.

Encerrada novicia,

contemplativa eterna,

se asoma a lo mundano

desde sus torreones.

Ávila sube erguida

sobre el vecino páramo,

mira Gredos de lejos

y se siente a su altura.

Morada de grandeza,

la pueblan santos sabios.

Más allá de sus torres,

más allá de sus muros,

bajo el tenaz repique

de todas sus campanas,

transita lo frecuente,

lo natural discurre.

Ávila, también anda,

pasea junto al Adaja,

se pierde entre sus calles.

Cruza plazas benditas,

abre puertas profanas

y visita conventos

que cargan con su historia.

Se cuida de ella misma,

su altivez venerable,

su vanidad impuesta,

su presencia obligada,

trabajosa y extrema.

Conversa humanamente,

aliviada y serena,

y en una noche oscura

encuentra su camino.

Ávila y murallas

Ávila tras sus murallas. Y la torre de la catedral.JMV.

En camino

Entre Ávila y Arévalo

Los campos se suceden

de aburridos sembrados,

idénticos, iguales, uniformes,

páramos infinitos,

horizontal planicie.

Ya muy cerca de Arévalo,

se convierte en pineda

el regular paisaje.

¡Qué bello está el pinar!

Este sembrado inmenso

de árboles en línea,

alfombrado de púrpura,

de gramíneas cubierto.

Un don de primavera.

Y esta monotonía…

se ha vuelto tan hermosa:

Se cubre el suelo

de vivísima alfombra

verde, púrpura, lila

y blanco amarillento.

…Y de pinos

que orgullosos

se yerguen. Suben.

Se elevan. Ellos pueden.

(Junio, 2013)

Pinar

Pinos

Arévalo

Arévalo (Ávila). MGP.

6 respuestas a Al volver la esquina

  1. JV dijo:

    Pontevedra, el puente viejo, creo que significa.
    La Galicia que conozco es solo la de Álvaro Cunqueiro. Y me da un poco de miedo ir descubrir que no existe.
    Gracias por este destello que, desde luego, invita a ir.

    • Que no te de miedo, Juan. Existen muchas y aunque alguna de ellas no nos guste, te aseguro que hay otras que merecen mucho la pena. Pero claro, yo no soy objetiva.
      Y creo que tú serías capaz de descubrirlas. Saludos y un abrazo.

  2. Isabel dijo:

    Tus poemas tienen la sencillez de lo grandioso y de lo cercano. Tus palabras, profundas y al mismo tiempo cotidianas, reflejan y conectan con experiencias comunes y nos llegan, y nos transportan a dentro y a fuera, a pensamientos, realidades, viajes, ilusiones… Te agradezco que todo eso que tienes, y que seguirás teniendo, lo sigas compartiendo con nosotr@s

  3. Gracias, Isa, por esas hermosas palabras. No sabes cuánto me alegra que estas sensaciones mías puedan ser compartidas. Pero eso significa, sobre todo, que también están en ti. Si soy capaz de despertarlas en ciertos momentos, además de muy satisfactorio, para mí también es emocionante. Tú ya lo sabes.

  4. Isabel Pérez Sánchez dijo:

    ¡Oh, Ávila! Aquí me pierdo! Me has llevado a octubre de 2006, a un viaje que hicimos Pepe y yo. Llegamos de noche y había llovido. Entramos en esa ciudad fortificada y sentí una seguridad y una plenitud casi mística, de paz, de tranquilidad… Ese sitio fue capaz de transportarme muy lejos, en el espacio y en el tiempo, y esa amplitud de miras, me ayudaron con mis angustias y dolores, como si todo fuera menos porque compartes lo presente y lo pasado y lo propio parece que se desvanece. Ese paseo que dimos esa misma noche, con el suelo mojado y la luz mortecina, hasta llegar a la escultura de santa Teresa, fue muy especial y tú, Mercedes, con tu escrito y tus poemas me los has traído a la memoria y te lo agradezco, porque esos momentos, ya casi olvidados, fueron muy importantes para mí. Gracias, como siempre, gracias.

    • Bueno, Isa. Como somos amigas y conocemos mucho de nosotras, sé perfectamente a qué octubre te refieres. Muchas veces, las ciudades, como todo, lo percibimos desde nuestra subjetividad, nuestros momentos y nuestras emociones. Supongo que encontrarte con la ciudad en otoño, después de la lluvia, al atardecer, debió de impresionarte. Tu necesidad de ver nuevos paisajes, también. Recuerdo lo que disfrutasteis en aquel viaje. Y, aunque supongo que no los has olvidado, me ha alegrado mucho traértelos de nuevo a la memoria, de verdad. La verdad es que Ávila encierra tras de sus muros muchas angustias, eso nos lo han enseñado la historia y la literatura. Y ahora, leyendo tu comentario, me ha venido a la cabeza la imagen de una ciudad encarcelada, como los místicos que la habitaron que, también, como ellos, se pone de puntillas, se levanta por encima de la fortificación que la rodea y mira hacia arriba, intentando alcanzar algo más alto. La propia roca sobre la que se yergue le ayuda.
      Mientras, algunos de sus campanarios, sus calles, sus plazas, tan parecidos también a los de otras ciudades castellanas, tan recogidas, parecen abrirse paso fuera de la muralla, buscando, quizá, también su lado más terrenal y humano. Y compensando su existencia, de algún modo. Gracias Isabel, por tu comentario. Y gracias por ayudarme a mantener este rincón. Un beso.

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