Letras vivas

Este es un espacio en el que intentamos comentar, hacer reflexiones, y jugar con la imaginación, a través de los libros y de diferentes lecturas a las que nos acerquemos. Hacer comentarios de libros leídos y releídos. De otros sugeridos o de aquellos de los que nos hayan llegado referencias. También de citas. Interpretar, en definitiva, desde un punto de vista muy personal, las palabras de otros.

La fotografía corresponde a Quintana María (Valle de Tobalina, Burgos, España) Autor: José Manuel Vargas.

En una dehesa, aparentemente sin vida, o en barbecho, el verde de unos árboles destaca sobre la tierra parda, sobre el suelo pajizo. Como los libros, que son vida, que crean vida y que nos hacen vivir vidas diferentes.

PEQUEÑOS MONSTRUOS

Hace unos días terminé de leer uno de los últimos libros de Juan José Millás, Lo que sé de los hombrecillos. Y debo reconocer que de aquello que he leído de este escritor no es, precisamente, lo que más me ha gustado.

Sus comentarios sagaces, punzantes a veces, me encantan. Algunos de ellos me han resultado verdaderamente deliciosos. Sus artículos periodísticos los reconozco extraordinarios, y los comentarios a fotografías que realiza semanalmente en la sección “La imagen” de los suplementos de El País, poseen una capacidad de observación admirable y una agudeza e ingenio sorprendentes. Este libro, en cambio, lo leí, sin más, sin disfrutarlo demasiado como en otros casos. Así que lo terminé y fui a guardarlo en el estante de los libros ya leídos.

portada del libro

Lo que sé de los hombrecillos, Juan José Millás

Y, a continuación, porque en la vida diaria hay que hacer de todo, me dispuse a planchar, y ese día tocaba. Una faena tediosa para mí, por cierto, pero igualmente necesaria. Además tenía que planchar unas sábanas de algodón ¡Por qué se me ocurriría comprar sábanas de algodón! Si, ya sé,… porque son confortables, cómodas, sanas, agradables al tacto, etcétera, etcétera. Pero… a la hora de plancharlas: arrepentimiento. Ya hace tiempo que decidí no volver a comprar sábanas cien por cien algodón. Así, mientras realizaba la tarea de correr la extensa tela por la tabla de la plancha, se me vino a la cabeza lo pesado que esto me resultaba y me acordé del libro que acababa de dejar en su sitio.

Intentaba sacar de él un provecho que, sin duda, debía estar oculto pero que, durante su lectura, no logré encontrar. Ahora, una vez terminado y dispuesto a ser olvidado en un estante hasta otro momento más propicio para él o para mí, o para un comentario, un préstamo, o quizá postergado para siempre, empezaron a venirme ideas a la cabeza. El vapor del agua de la plancha subía y ellas revoloteaban, y se iban desarrollando. Y pensando en lo tedioso que resulta planchar una sábana de algodón pensaba también en la aburrida existencia de su protagonista.

Y el libro empezó a darme qué pensar, sobre todo en aquello que es capaz de hacer, de inventar, el ser humano para salir de la rutina diaria, del tedio, del aburrimiento, que puede llegar a ser tal que haga perder la razón, incluso la de vivir. Porque hasta la propia autodestrucción puede aportar nuevas sensaciones, emociones que den un sentido a los días. Por fortuna, la mayoría de las veces, como en el caso del personaje de Millás, volvemos a la realidad, por aburrida que esta sea, pero más segura, menos impredecible. Porque el hombre es, por naturaleza, curioso, pero también, la mayoría de las veces, miedoso y cobarde.

grabado de Goya

“El sueño de la razón produce monstruos”, Los Caprichos, Goya

A medida que avanzaba en las fantasías tan destructivas que el profesor emérito, protagonista de la historia, iba ideando y descubriendo, apareció en mi memoria un grabado goyesco y el título manuscrito que lo acompaña. Los juicios sobre el libro me lo trajeron al pensamiento como un fogonazo: aquella magistral frase del genial Goya, la que da título a uno de sus magníficos, únicos, singulares y espléndidos grabados, el de “El sueño de la razón produce monstruos”, el número de 43 de su colección de Los caprichos.

Y el argumento del libro encontró una explicación, no sé si la de su autor, pero sí la mía.

Cada cual, cada uno de nosotros tiene sus propios monstruos guardados en un cajón del escritorio, en el bolsillo de la chaqueta, en la encimera de la cocina, debajo de la almohada, en un bolso o en el calderín de la plancha. Y también a alguien que nos dice telepáticamente, o al oído, o por boca de otro, aquello que a veces queremos oír y que muchas otras veces nos arrepentimos de habernos detenido a escuchar. Porque nos gusta, y nos asusta, y, sobre todo, nos asusta que nos guste. Y él, ese ser invisible, hace todo aquello que nosotros no somos capaces de hacer. Y cuando nos atrevemos, nos disculpamos echándole la culpa al extraño, -¿pero es un extraño?-, aunque sea un hombrecillo, una réplica minúscula de nosotros mismos. Menos mal que, en este caso, cuando el daño propio se iba haciendo insoportable, el hombrecillo desapareció. A veces no resulta tan fácil. En el libro, para bien o para mal del protagonista, lo hizo.

Pero en realidad los monstruos solemos ser nosotros mismos, aparecen en nuestra propia razón y en nuestros propios sueños, salen de nuestro interior. Y se reproducen, como en Lo que sé de los hombrecillos, a nuestra viva imagen y semejanza. El autor del libro, el inventor de todo en definitiva, esta vez, ha sido bondadoso con su protagonista y ha creado el monstruo en miniatura, pues de haber sido mayor lo habría literalmente engullido. Pero, ¿quién es aquí realmente el monstruo?, ¿el hombrecillo, su doble?, ¿el hombre, su réplica? ¿En qué recóndito rincón de nuestro cerebro se esconden los deseos, las perversidades, la conciencia, el arrepentimiento?

EL AZAR DE LA MUJER RUBIA

Tomábamos café, o té, en La Galería, cuando Juanjo dijo: Ahora estoy leyendo el nuevo libro de Manuel Vicent, El azar de la mujer rubia. ¿Recomendable?, dije yo. Muy recomendable, me dijo.  Jose se había levantado y, como se aproximaba el día de San José, le dije a Juanjo: No se lo comentes a Jose, intentaré buscarlo para regalárselo. Y así fue.

Portada del libro

Portada de El azar de la mujer rubia. Manuel Vicent. Alfaguara

Ya pasado marzo, el libro había sido regalado y leído, pero antes, mientras Jose lo estaba leyendo, un día me dijo: Este libro te va a gustar. ¿Tú crees?, respondí. Seguro, contestó.

Terminé la lectura que entonces yo tenía entre manos, y otra más, y la siguiente y me decidí definitivamente por el libro. Aunque me atraía se me fueron interponiendo otros que tenía pendientes, que acababa de adquirir, que había ido a su presentación, que conocía al autor, que me habían recomendado. Y le llegó el turno, como por azar, a la mujer rubia. Ya el autor era una garantía. Y en cuatro días, acabado.

Ahora, quizá alguna de las personas que lea estos párrafos, si alguien los lee claro, se pueda preguntar: ¿Recomendable?. Muy recomendable, respondo.

El 17 de julio de 2008, en la residencia de Adolfo Suárez en la Colonia La Florida, a las afueras de Madrid, el primer presidente español de la democracia y Juan Carlos I caminaban por el jardín. Este momento fue recogido por una sola fotografía tomada por Adolfo Suárez hijo, y la imagen atravesó todas las cámaras de televisión, se imprimió en todos los periódicos y entró en todas las casas. En ese preciso instante del corto paseo, el rey apoyaba el brazo en el hombro de Suárez con aire de protección. Un poco antes, en una ceremonia privada, le había entregado el preciado collar de la Orden del Toisón de Oro, tal vez en agradecimiento a su dedicación y trabajo patriótico o a su apoyo a la Corona. Pero el homenajeado apenas se enteró de lo que pasaba. Suárez vivía ya desde hacía tiempo entre nieblas y una nube a veces más espesa y negra, otras menos, enturbiaba su mente, su memoria, sus recuerdos. En la novela, estas nubes se vuelven espectros de hombres y mujeres que hicieron historia.

Foto paseo

La foto del paseo

Este es el momento que aprovecha Manuel Vicent para tomar la mano de ese hombre desorientado y realizar un retrato, tan duro como elegante, de algunos momentos de la política española desde el momento de la llamada Transición hasta ahora. Un retrato que pudiéramos calificar de hiperrealista, en el que se nos muestra otra de sus caras, una que guardaba muchos secretos.  Y la conclusión a la que llegamos, al menos a la que yo llego después de contemplarlo, es que este país ha tenido pocos momentos buenos, aunque los de ahora sean especialmente malos. Y que sus políticos pocas veces han estado limpios de cualquier duda y cualquier sospecha.

Manuel Vicent demuestra ser un experto conocedor de la clase política y de la vida  de las últimas décadas, de los años de democracia española. Con expresión soberbia nos presenta momentos decisivos en la historia reciente de los españoles, desde el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente hasta los enredos de Aznar. Todos ellos van apareciendo en la mente de ese hombre que, como perdido,  pasea junto al rey hacia un bosque espeso, y al que se le van apareciendo escenas más o menos inconexas, algunas posiblemente biográficas, otras lejos ya de su entendimiento: la muerte de Franco, el juramento del príncipe, el golpe militar del 23 F, la legalización del partido comunista, la guerra de Irak, una boda poco discreta en el Escorial, la sombra del Valle de los Caídos, y tantos otros. Y la bisagra entre el pasado y el presente de este hombre y entre él y el mundo es una mujer, una mujer rubia que apareció ¿por azar? y que propició algunas decisiones importantes. Esa mujer rubia es, en este libro, el tercer lado, el vértice de un triángulo formado por ella y los dos personajes de la foto.

Para entender la parte histórica del libro hay que poseer ciertas claves. Yo, por ejemplo, no las tengo, creo tener solo algunas de ellas. Para entender y, sobre todo, para disfrutar la parte de ficción, la puramente literaria y el juego brillante del autor, basta con leerlo con atención. Nada más. Y nada menos.

El estilo, como siempre en Vicent, impecable, particularísimo. Exquisito, sutil, y agudo. Con oficio y desenvoltura se mezclan metáforas, ironía, pero también, no puede ser de otra forma, tristeza y cierto desencanto. Y algunos capítulos, sencillamente magistrales.

¿Recomendable pues?. Muy recomendable.

MALA GENTE

Tácitamente había quedado acordado. Bueno, más o menos. Tras la última entrada en estas Letras vivas, con “El azar de la mujer rubia” y el provechoso comentario de Juanjo sobre la novela de Benjamín Prado, fue el mismo Juanjo quien, en cierto modo, lanzó la pelota y hasta nos prestó el libro. Así que no me veo en otra que intentar recogerla y jugar. Y debo decir que estoy de acuerdo con él en algunas cosas y, seguramente, también en otras que piensa y que lógicamente en pocas líneas no ha podido expresar.

Portada del libro

Portada del libro. Ed. Alfaguara

Mala gente que camina, la inquietante narración de una historia cargada de durísima realidad que Benjamín Prado reviste de ficción, tal vez para hacerla más digerible, quizá para que su denuncia alcance a más lectores, tiene ya unos años. Y particularmente, me parece un libro con mucho mérito del que, en esta ocasión, aunque sin pararme en detalles, sí que voy a desvelar parte del argumento.

En la novela, publicada en 2006, el autor trata sustancialmente la tragedia de los casi treinta mil niños -según se calcula- que fueron retirados, robados y secuestrados de sus madres en la posguerra española. En fechas recientes han ido apareciendo noticias sobre este tema, pero hace siete años, cuando salió la novela, todavía estaba muy silenciado. Parece que un reportaje en televisión impresionó al escritor hasta el punto de emprender una cruzada personal. Y él mismo ha reconocido que el impacto del documental le creó la necesidad íntima de investigar, publicar y llamar la atención sobre una cuestión tan dramática de la que, incomprensiblemente, no se hablaba. Así, se impuso a sí mismo la obligación de desvelar atrocidades silenciadas durante décadas. Y la novela parece que surge de esto, de intentar denunciar una tremenda injusticia y aclarar un grandísimo engaño.

El libro de Prado relata episodios y ahonda en sucesos y hechos oscuros, trágicos, atroces, de nuestra historia cercana. El trasfondo de esta obra nos presenta una posguerra cruel y una parte de la historia en la que la violencia y la represión llegaron a límites absolutamente inhumanos. Entre tanta injusticia, la guía de esta obra es básicamente el tráfico de niños de las presas republicanas y mujeres contrarias al régimen. Estos niños eran entregados a familias afectas al gobierno para que fuesen educados, más bien reeducados, en un ambiente “honrado y decente”, según sus reglas. Familias que presumían de ser caritativas a las que, si los niños no le gustaban o no cumplían sus expectativas, sencillamente los cambiaban por otros, como simples objetos. Y que se reservaban el grado de salvadores, puesto que consideraban las ideas marxistas y socialistas como males contagiosos y hereditarios. Tan graves alcanzaron a  ser estas actuaciones que incluso llegaron a aprobarse oficialmente y realizarse prácticas que no caben en la razón. Médicos de renombre fueron autorizados a desarrollar siniestros ensayos bajo el propósito de una limpieza de personas rebeldes al régimen, cuya libertad de pensamiento era considerada como una enfermedad a erradicar. Terrible. Científicos que eran, en realidad, psicópatas que gozaron de prestigio y amparo en su labor de exterminio de las ideas y personas por generaciones. Y en este sentido, los datos aportados por Benjamín Prado, que son muchos, las referencias históricas y documentales que aporta, que también lo son, impactan, agobian, asfixian y apabullan.

Sola en la ciudad

Buscando en la ciudad desolada

Tengo que confesar que no conocía estas terribles prácticas que se relatan en el libro ni muchos de los horrores que se recuerdan, a pesar, de que en nuestro país hubo prisioneros encarcelados en campos de concentración hasta el año 1962, un año en que yo ya había nacido. También, que desconocía bastantes aspectos de las terribles condiciones de las cárceles y apenas nada de la práctica y defensa de la eugenesia, de la regeneración de la raza. Quizá, este cierto pudor por el desconocimiento necesario, me ha resultado también impactante.

Lo cierto es que, en este sentido, el autor de la novela hace una clara y patente denuncia -así lo he visto yo- a la impunidad absoluta ante estas atrocidades, con el perjuicio en nuestra contra, además, de que nos hemos atrevido a denunciarlas en otros países ocultándolas en el nuestro.

Bien. Hasta aquí el horror que relata y denuncia esta novela. Pero cómo resuelve Benjamín Prado tales intenciones. Prado utiliza un recurso, desde mi punto de vista, de gran fuerza literaria y narrativa como es la creación de una biografía falseada, pseudo real. Y se inventa un personaje, no el narrador de toda la historia, sino el personaje que es, en realidad, su conductor. Se inventa una mujer con una vida enmarcada en la época que intenta documentar. Y la simulación es tan aparente que el lector acaba creyendo en su existencia histórica y no ficticia. Pero no es así. Porque en realidad Benjamín Prado nos cuenta una historia que es el ejemplo, ficticio, de muchas otras que fueron reales, y quizá aún más terribles.

Y el novelista Prado crea a otro novelista, su personaje. Éste, el narrador literario, no se presenta al lector hasta el final. En cierto modo, este detalle es, a mi modo de ver, el último de muchos que nos ofrece una imagen, a cada uno de nosotros, lectores, de su particular carácter. Juan Urbano, que este es su nombre, es una creación de Benjamín Prado, una especie de acompañante de columnas periodísticas y cómplice en la denuncia durante años. En esta novela es un profesor de instituto algo hastiado ya de su trabajo. Tanto, que tras quejarse continuamente de todas las situaciones y circunstancias propias de un instituto de secundaria, hasta caer ya en lo tópico y repetido, su ilusión está puesta en el momento en que nos lo encontramos -o mejor dicho, nos encuentra- en la investigación literaria. Y en este camino descubre, o tropieza, casi por casualidad, con otro personaje, el fundamental en toda la trama documental de Mala gente que camina, una novelista, Dolores Serma que, a pesar de haber compartido amistad y vivencias con personajes importantes de la literatura, es una escritora olvidada, y autora de una única obra, Óxido, que ella misma publicó, sin éxito, y de la que no se conocen ejemplares, salvo el que llega a manos de Urbano. A éste, la obra, narrada como una pesadilla, le impacta y se decide a investigar a su autora, una mujer contradictoria, pues su novela, casi surrealista, es una -así la entiende el profesor- denuncia atroz al robo de niños a madres republicanas y encarceladas. Mientras tanto, Dolores vivió durante toda su vida formando parte del régimen que denunciaba, y se creó una especie de caparazón, una biografía falsa hasta conseguir su objetivo, recuperar al hijo de su hermana. Para ello pasó a formar parte del Auxilio Social, creado por Falange y entabló y cultivó la amistad con personalidades de la política.

Ante estas informaciones, Juan Urbano decide realizar una investigación sobre la novelista, cuya obra le ha cautivado tanto como su biografía, y se embarca en un trabajo de documentación que se convierte casi en una investigación policial que, en cierto modo, intenta evocarnos la novela negra y a sus pintorescos detectives. Y la indagación   no es otra cosa que la traslación a la novela del trabajo de investigación realizado por Benjamín Prado durante cuatro años, años de búsqueda documental y de lecturas de muchos libros y ensayos sobre la posguerra española. Esto lo refleja manifiestamente Prado en la relación de episodios, citas, y bibliografía, siempre en boca del personaje, Urbano,  más propio de las referencias de un ensayo que de una narración. Hasta el punto de que, según yo la he percibido, se mezcla de tal modo la historia y la novela que, en cierto modo acaba si no confundiendo, sí enredando un poco al lector. Me voy a explicar algo más: la aparición de aquello que Prado en realidad se nos ha propuesto contar lo encaja de tal modo en la cotidianeidad que parece que nos está relatando una historia. Pero el objetivo del autor de este libro, a mi modo ver, es mostrarnos los hechos, la historia real y no la novelada. Y al adornarlos demasiado, la biografía del protagonista del libro ocupa un lugar excesivo. Porque, en realidad, él no es nada más que un narrador de hechos que han sido minuciosamente documentados por Benjamín Prado.

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Y en este sentido, a mí personalmente, esta obra se me ha hecho algo larga y pesada. Su éxito quizá está en que consigue estimular al lector, impresionar con tanto horror. Es también, probablemente, un modo de llegar a más público. Pero igualmente esto la llega a hacer asfixiante. Y el engranaje de las apariciones, las repeticiones constantes de su protagonista, la reiteración de sus descubrimientos e ideas consiguen cansar. Y esa especie de mezcla algo mareante, de superposición de pasado y presente y de repeticiones llegan a saciar un poco y deslucen el estilo.

La información, tan dilatada y precisa -nombres, fechas, sucesos- nos la traslada Urbano de manera tan avasalladora que nos llega a abrumar y a descuidar el interés en algunos pasajes. Reconozco, por supuesto, que a lo largo de la obra se crea la pretendida intriga. Si bien es cierto que desde que aparece el personaje de Julia Serma, la hermana de Dolores, esa intriga empieza a desvelarse y el lector ya va imaginando las claves del secreto.

Y es que Juan Urbano posee un carácter algo especial. Pretencioso y algo neurótico, parece que intenta ganarse al lector con comentarios aparentemente simpáticos y bromas, que casi siempre tiene como víctimas a otros. Sus chistes e ironías parecen  los de quienes no poseen la gracia ni el natural sentido del humor. Personalmente las he encontrado algo forzadas.

Es también un hombre, soberbio, egocéntrico y bastante solitario que vive, curiosamente, rodeado de mujeres: las escritoras a las que investiga, su madre, con la que vive y mantiene diarias conversaciones y acaloradas discusiones que, en cierto modo reflejan esas dos formas de entender el pasado reciente español: la mujer que ha vivido una época y calla por temor y que asiente y el hijo que manifiesta con vehemencia su oposición, que acusa y denuncia. Madre e hijo representan dos posturas contrapuestas, divergentes y cabría decir irreconciliables ante la visión de la Guerra Civil española y sus consecuencias. También aparecen su ex mujer, con la que mantiene una buena relación y a la que apoya cuando lo necesita y su amante, que es precisamente la figura que le descubre a la escritora que provoca todo el entramado de la obra. No faltan otras mujeres, más distanciadas de su vida, que aparecen de paso, como su compañera de instituto o una azafata en un avión, a quienes Juan Urbano no trata demasiado bien con sus opiniones. Personajes masculinos, además de algún colega, solo hay dos: el dueño del restaurante que frecuenta diariamente -parece que es uno de los pocos hombres con quien se entiende- quizá por su origen, es uruguayo, o por su historia, tan cercana a los hechos que investiga Urbano, que le permite incorporar episodios comparables en las dictaduras más recientes de algunos países de América del Sur. Y el principal, el hijo de Dolores Serma la escritora y marido de su amante.

La excentricidad de Urbano se manifiesta, entre otros detalles, en sus gustos exquisitos, casi sibaritas. Come a diario, cuando lo hace, en un pequeño restaurante, pero siempre con una botella de Château Cantemerle, un bordeaux de la región francesa del Haut Médoc. Se permite, entre otras muchas cosas, criticar a quienes cuando viajan vuelven hablando de comidas y de un cierto turismo culinario, que considera vulgar, y él nos proporciona el menú diario del restaurante y la receta de cada cena que hace con su madre, eso sí, gastronomía macrobiótica aprendida de su ex mujer, propietaria de un restaurante cuya alimentación equilibrada, se basa en la espiritualidad. Y además, está la que al final del libro parece convertir en costumbre: seducir a las madres de sus alumnos. Demasiadas extravagancias para un solo personaje.

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Al margen de esta digresión sobre el protagonista que, evidentemente, no ha gozado de mi mayor simpatía -bueno, es solo cuestión de gustos y caracteres-, Mala gente que camina, y ahí está la verdadera importancia de la novela tiene, o eso creo, como principal objetivo, rescatar una parte importantísima de nuestra historia, de la historia del país y de muchas historias familiares y personales y no permitir su olvido. Destapar unas páginas absolutamente silenciadas y hacer que el lector se enfrente a ello y aún más, que tome partido. Es fácil tomarlo, sin duda, pues solo se puede estar de un lado.

La creación del personaje de Juan Urbano, no sé si es anecdótica, si es la necesidad, por afecto o agradecimiento, de aportar una vida a su personaje de ficción y acompañante periodístico o quizá un recurso considerado necesario. La de Dolores Serma, la escritora, es el medio para presentarnos una época y unas vidas llena de sombras y de miedos, hasta el punto de que, con tal de salvar a su hijo del estigma de su origen reniega de parte de su pasado y disfraza toda una vida, finge su vida entera. Y el sobrino-hijo de la escritora se convierte contradictoriamente en el ejemplo de los herederos de aquella parte de la historia que se ha querido olvidar. Es ahí donde encuentro la paradoja de toda esta historia, el contrasentido: que él es también producto de la educación de su madre que, a pesar, de todo, siguió con su actuación hasta el final. ¿Quizá por miedo? ¿Por vergüenza tal vez?

En el interés intelectual de Juan Urbano hacia las mujeres escritoras de una época determinada, la posguerra, me ha parecido encontrar un cierto y velado homenaje a las mujeres que se arriesgaron a publicar sus obras en esos años, que se atrevieron a crear y a opinar. Y también, por qué no, una llamada de atención sobre el papel de los intelectuales ante el poder. Algo con lo que Prado, con este libro, participa. Pues se posiciona y delata un episodio negativo de la historia.

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Niño con uniforme y emblemas

Se tiene la impresión de que novelistas como Prado y otros coetáneos, pertenecientes a una generación que no ha vivido estos sucesos pero que encuentra referentes en su memoria, encaran estos episodios de la historia nacional con la perspectiva histórica de los años transcurridos y también con referentes culturales y sociales, con claves literarias, distintas a aquellos que les precedieron y que, como la madre de Juan Urbano, coexistieron con ellos. Una diferencia entre generaciones que da distintos resultados literarios y que les permite también posicionarse. Y, sin alejarse de la narrativa de su tiempo, de carácter más intimista e introvertido, quizá con temas más íntimos y personales, penetran en sucesos arrinconados y sacan a la luz historias reales. Y en mi opinión, Mala gente que camina, se dirige a esta exploración de la memoria desde el punto de vista histórico, a la revelación de los hechos reales, y a una recuperación del pasado más o menos conocido. En definitiva, es una reclamación contra el olvido y la impunidad. Sin duda, una postura noble ante la literatura.

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12 respuestas a Letras vivas

  1. Isabel dijo:

    Te veo desenvuelta, te veo directa, segura, ágil… en tus palabras, en los contenidos, en las formas, en los temas -y me encanta-, como si todo tuviera su sitio y su momento, como si la cadencia que nos vas “palabreando” hubiese sido ya hace mucho tiempo soñada, escrita en tus pensamientos y en tu corazón. Un deseo valiente que veo hecho realidad, que veo que vas cumpliendo. Y me alegra tanto que espero con mi ansia casi infantil todo lo que este “palabreando” nos puede dar de ti. Gracias por cada sorpresa.

  2. Isabel, ante tus palabras, no sabría qué decirte. Tras no pensarlo demasiado te diré que me ves como me has visto siempre, como tú quieres verme. Pero, a nadie le amarga un dulce, y eso que dices lo es tanto, que me tiene que gustar, por fuerza. Porque son las dulces palabras de una gran amiga que, no sé por qué, siempre ha esperado mucho de mí. Lo único que deseo fervientemente es no llegar a defraudarte, aunque, después de ésto, eso puede llegar a ser contigo hasta difícil. Gracias a tí, Isa.

  3. juanjo dijo:

    Mercedes, después de leer tu acertado comentario sobre “El azar de la mujer rubia” siento, a pesar de los días que han pasado desde que lo leí allá por el mes de febrero, que le acabo de sacar un nuevo sabor al libro. Soy de los que pienso que, ademas de lo que nos transmite un autor en su obra, la opinión de los que la compartimos nos aporta siempre algo más; quizá sea sólo empatía o quizá que nuestro mundo afectivo es más sencillo de lo que nos empeñamos en hacer de él y las simples palabras de un amigo son capaces de empaparnos de entusiasmo.
    Como me gusta mucho que los buenos escritores nos hablen de realidades, aunque las disfracen de ficción, me permito recomendar La novela de Benjamín Prado “Mala gente que camina” que igualmente nos pone en contacto con personajes reales de nuestro pasado aún cercano.

    • Estoy completamente de acuerdo contigo, Juanjo, en eso que dices de que la impresión que nos podamos llevar de una obra, sea del tipo que sea -en el caso de la literatura quizá mucho más-, puede enriquecerse y ampliarse cuando estas opiniones se comparten, tanto si estas coinciden como si divergen, por supuesto.

      Y te agradezco de nuevo tu recomendación que, seguro, nos hará volver a compartir conclusiones. Hace unos meses leí, también de Benjamín Prado, “Operación Gladio”, una novela, no sé bien si en este caso llamarla así, porque a pesar de la dosis de ficción se parece mucho a un documental, pero así es efectivamente, una novela, bastante dura desde mi punto de vista. Y me remitía de alguna forma, a la obra anterior de la que hablas, “Mala gente que camina”. Despertó mi curiosidad, pero quedó pendiente. Ahora que tú la mencionas la rescataré. Seguro que propicia que compartamos otro comentario.

      Gracias por tus palabras y un abrazo.

  4. juanjo dijo:

    Yo tambien leí hace unas meses “Operación Gladio” y efectivamente me pareció, como bien la defines, documentalista. “Mala gente que camina” es menos fría, de mayor sutileza literaria y a mí me removió eso que sentimos ante un buen libro.
    Abrazos.

    • Esta nueva apreciación tuya me acaba de convencer. “Operación Gladio”, a pesar de ese documentalismo, con el que estamos de acuerdo, me ha parecido una obra literaria muy buena, pero la sensación que tuve al leerla fue bastante opresiva –en el sentido de asfixiante-. Los hechos están ahí, la revisión de los mismos por parte del autor es minuciosa, pero aunque se compensan por la historia y el estilo de la narración literaria, son tan escabrosos, tan maquiavélicos que transmiten cierta angustia. Y en ese sentido me ha parecido algo fatigosa.
      Por lo que dices de esta otra, estoy segura de que la sensación será diferente. El título ya, podríamos decir que “evocador” al verso de Machado, le imprime cierta agudeza poética. Ya te cuento.

  5. Isabel dijo:

    Gracias por darme la pista de este libro “El azar de la mujer rubia” y gracias, José Manuel, por prestármelo. Tus comentarios, Mercedes, han sido muy buenos y acertados, diciendo sin desvelar, el de Juanjo también (“encantada contertulio comentarista”). Por eso, poco puedo aportar, pero sí me gustaría resaltar la inteligencia narrativa de Manuel Vicent, su forma tan hábil de escribir. Cómo mezcla y aúna toda una época, unos años cruciales para nuestra historia, para nuestras vidas (la de las personas que tenemos más de cincuenta años), deteniéndose en hechos o situaciones o dando flashes desordenados, como los de una memoria desmadejada, como a veces es la memoria que no tiene reglas para acercarnos los recuerdos. Con este libro no sólo he podido leer buena literatura sino que me ha recordado y me ha acercado muchas cosas de estos pasados más de treinta años, muy importantes para mi propia vida. Me encanta que este blog tuyo sea un espacio donde podamos compartir y avanzar aún más en nuestra amistad. Gracias, Mercedes.

    • Estoy de acuerdo contigo, Isa, y los sabes, en que, como en este caso, se pueden contar cosas, recordar, informar,… además deleitando con buena literatura. Con inteligencia, con habilidad, como bien dices, y también con delicadeza y elegancia. A las dos nos gusta “saborear” un buen libro, ¿a quien no?. Y me encanta, a mí también, que podamos compartir estas ideas y opiniones. Así que, gracias a ti por participar. Un beso.

  6. juanjo dijo:

    Amiga Mercedes,es tan minucioso y completo tu comentario sobre el libro “Mala gente que camina” que no se me ocurre añadir nada más. Sólo decir que a mí no se me hizo pesado quizá porque me quedé en lo más llamativo del argumento: esa enorme herida que nos planteaba el autor sobre el tráfico de niños en la posguerra y la denuncia de hechos tan reprobables. Pero tú no te has quedado contemplando la herida sino que has cogido el bisturí y has diseccionado el libro como raras veces acostumbramos a hacer. Te lo agradezco de veras y seguro que si el tiempo me da para hacer una relectura me servirá para entenderlo mejor. Besos.

    • Tienes razón, Juanjo. Efectivamente el centro del argumento es tan llamativo como sobrecogedor. Yo, únicamente he intentado verlo también desde el punto de vista literario y formal. Valorarlo, de algún modo, desde mi gusto propio y personal. Muchas gracias por tu comentario. Seguro que tendremos ocasión de ampliarlo en persona. Un beso.

  7. Isabel Pérez Sánchez dijo:

    ¡Chapó, Mercedes! Me has dejado con la boca abierta ¡Cómo has desmenuzado la novela! Lo que cuenta, la información que da, su tratamiento literario, sus personajes… Todo y, además, tu propia visión descubridora, sincera e impactada ante los hechos tan dramáticos que expone el autor y que, desgraciadamente, están basados en desagradables episodios de nuestra historia. Nada podría añadir, sólo ponerlo en mi lista de libros para leer. Aunque sí me gustaría decir algo sobre el título, que me parece “perfecto” y que cuando lo he leído me ha recordado a algo que decía el abuelo de Pepe: “Hay gente que de personas sólo tienen el baño” (haciendo referencia a esas figuras “bañadas” en oro o plata). Esa “Mala gente que camina” verdaderamente sólo tiene ese baño de persona. Gracias por acercarme este libro.

    • Isa, a tu comentario poco puedo añadir. Gracias, ahora y siempre, por estar pendiente y dar tu opinión. Seguro que cuando leas la novela con detenimiento podremos seguir descubriendo e interpretando, muchas más cosas. Un beso.

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