Naturaleza propia

La gran ola. Utagawa Hiroshige

La gran ola. Utagawa Hiroshige (Andō Tokutarō, 1797-1858)

 

Desde Guadix

Los álamos, a cientos,

desnudos por completo,

soportando el invierno,

tiritando de frío,

de frío grises,

a uno y otro lado

del camino.

Largo camino helado

bajo el aire compacto,

y limpio, de diciembre.

Y al fondo, el horizonte,

firme, constante y alto,

cortando este paisaje,

rompiendo su infinito

de líneas paralelas,

cosumando el espacio.

 

La inmensa mole blanca,

fría, brillante, grande,

dura como un espejo,

coronada de nieves

que ya no son perennes.

Caducos ya, y fugaces,

son sus hielos, que fueron

perpetuos hace años,

como las hojas blancas

barridas por el viento

de estos chopos cercanos

metálicos y pardos,

pelados y glaciales,

esbeltos y gastados,

resistentes y firmes,

ya lo fueron.

 

Cubierta hoy, y brillante

con su bonete blanco,

invernalmente altiva,

celebrando la helada,

y regia, como siempre,

nos mira desde lejos,

la dueña de este sitio.

Vigila desde arriba

esta nevada cumbre,

esta Sierra Nevada.

(Diciembre, 2011-Noviembre, 2014)

 

Álamos de invierno

“Chopos en invierno” (La Vega en la memoria, vegaeduca.org)

 

Pintura de Sierra de Nevada Por Sorolla

“Sierra Nevada en Otoño”. Granada. Joaquín Sorolla, 1909.

 

En la mañana

Se marchó la noche

arrastrando la bruma,

con una despedida,

de niebla, en el aire.

Y, como en una fiesta,

inesperada aunque diaria,

aquí, a esta hora,

todo se viste de gasa.

(Alto Douro, septiembre-octubre, 2012)

 

Niebla de mañana

Niebla en la mañana. “Der Morgen” Caspar David Friedrich (1774-1840)

 

Niebla en el lago

Niebla en la mañana.

 

Lluvia

Este mes de mayo ha llegado, ya, anunciando el verano. El calor parece que se nos ha adelantado y quizá no retroceda. Y hace casi una semana que nos invade el viento de levante. Ese viento que entra, cargado de polvo, por todas las rendijas, por todas las puertas, y que se nos cuela dentro. Que desmadeja los cuerpos y aturde las mentes, que nos decae, nos apoca. Y esta vez ha venido con rabia.

Aunque todos sabemos de su necesidad, cuando el levante llega con fuerza y para quedarse nos auxiliaría la lluvia. Y los cuerpos y los ánimos agradecerían un chubasco salvador que limpiara el aire, que lavara y escurriera el polvo y que ofreciera estímulo y aliento a las personas. Ese esperado chubasco que tan bien sienta. Y quizá por eso me he acordado de la lluvia y he evocado el olor al ambiente recién mojado, confortador y estimulante. Y lo he hecho con una inexplicablemente alegre nostalgia, con una añoranza sin tristeza, convertida solo en deseo. En deseo, quizá, de parar un momento y retomar impulso.

Lluvia

Oigo la furia

del agua en mi tejado

y las gotas que vuelan,

y corren, a estrellarse

en mi ventana.

Me gusta la lluvia

desde dentro de casa,

y el temporal

si estoy a resguardo.

Ese olor que acompaña

mojándonos por dentro,

su sonido insistente

acompasando el tiempo.

Y la luz que se vela

de color blanquecino

con destellos metálicos,

desde el oro al estaño.

O el golpe del diluvio,

como aguja punzante,

calar el azabache

oscuro de la noche.

Sí, oigo, y veo, la rabia

del agua en los cristales

mientras estoy segura.

Me empapo de reposo…

Y cierro los ojos.

(Mayo, 2013-2014)

 

Tejados de Van Gogh

“Vista de los tejados de París”, 1886. Vincent Van Gogh.

 

Lluvia tras los cristales.

Día de lluvia.

 

 

Paseo de hoy

Esta tarde, las nubes

son de algodón de azúcar.

Y, por su color, deben saber

a caramelos de violetas.

(23 de abril de 2014)

 

Nubes dulces.

Cielo y nubes de duce de algodón.

 

Caramelos de violeta.

Nostálgicos caramelos de violeta.

 

 

Niebla de la mañana

 Aunque hoy es abril, y es primavera, el día ha amanecido extrañamente envuelto en una capa de niebla. En el otro extremo del mundo, gracias a un eclipse, se ha podido ver la luna teñida de rojo. Quizá, aquí, privados de tal espectáculo, la mañana se veló.

Avanzada ya la hora, un leve tul cubría aún la calle y el paisaje. Y he recordado otra mañana, esa sí envuelta en una niebla espesa, que tuvimos ocasión de ver disipar, asombrosamente, bajo un frío de enero. Aquél día, mientras el sol luchaba por imponerse y conseguía ir desvaneciendo la espesura del aire, la tierra se calentaba también bajo nuestros pies, disolviendo y licuando la dura y fría escarcha de la noche, ablandando el suelo, que recibía el esperado calor.

Niebla al amanecer.

Niebla en la mañana.

 

Mañana de invierno

 

La niebla se levanta de la tierra

como si fuera polvo.

Como nubes fundidas

de oscuro y fino grano,

desde un suelo húmedo,

duro, y aún frío, de escarcha.

 

La niebla se levanta de la tierra

como un bostezo.

Como el aliento del terreno

que se despereza,

se alza como un visillo

que se lleva las sombras.

 

La niebla se levanta de la tierra,

y, mientras se va borrando,

descubre a un tímido sol

que una barrera de nubes,

cansada de la noche,

ha destapado para calentarla.

(Enero, 2013)

Niebla matinal en el campo.

Destapando el día. Niebla matinal.

 

Tarde oscura

Ha velado la luna

su impar mirada

y unas nubes, plomizas

como panza de burra,

se han apoderado

del cielo de los dioses.

(Marzo, 2013)

 

Luna entre nubes.

Un velo de nubes cubre la luna.

 

 

Nubes de lluvia.

Nubes grises de lluvia en la tarde.

 

La niebla

La Niebla

es la sábana fina,

que tapa el frío

del soñoliento paisaje.

(Febrero, 2014)

 

Niebla

“Telón de niebla”. José Luis Fernández.

 

Paisaje nublado.

Paisaje nublado.

 

Para facilitar el acceso a las nuevas entradas, a partir de ahora las iremos incluyendo al inicio de cada página, y no al final como se venía haciendo.

La lluvia

Repiquetea la lluvia

con sus dedos mojados

mientras empapa el aire,

y salpica mi casa,

con ritmo de tristeza.

Y resuena el chubasco

con sus gotas menudas,

que bañan esta noche,

sumergiendo sus horas

en baños sin alivio.

Mientras riega la tierra,

mientras cala las almas

al compás de sus penas.

Y el chaparrón repica

como tenue campana

que anunciara una fiesta,

o toques de un profeta

que de un final avisen.

Con medida cadencia

choca el agua, insistente,

valiosamente limpia.

Llama el agua obstinada

golpeando mi ventana.

Viene, tranquila y firme,

para buscar consuelo

llamando a cada puerta.

Busca un hueco seguro

donde llorar a solas

su música fluida,

su rescatado llanto.

Refugio que no encuentra

y, sin pararse, corre.

Mientras siembra la vida

huyendo de nosotros.

(Febrero, 2014)

 

Lluvia

Cae la lluvia.

 

Mujer en la ventana

Mujer en la ventana. Josef Israëls (1824-1911)

Gaviotas

Las gaviotas,

chillonas,

le dan miedo al día.

Que, asustado,

se va.

(Marzo, 2014)

Gaviotas en la playa

Gaviotas en la playa al atardecer

Gaviotas en la playa

Bandada de gaviotas. Marta PdS

Rendición

En lo alto del cielo,

allá en lo alto.

Arriba, en el aire,

allí arriba,

todo se ha cubierto

de arañazos,

de cortes,

de pequeños rasguños.

Son largas quemaduras

que hace el sol,

de la tarde,

a las tiras de nubes.

Parece que hoy,

también,

el día se defiende.

Y que pierde.

Parece, sí, que hoy,

se rinde de nuevo.

Otra vez se retira.

Y se va. Como ayer.

(Noviembre de 2012)

Atardecer.

Atardecer y nubes.

Atardecer

En el cielo turquesa

de la tarde de otoño,

esas nubes son pájaros

prendidos en el aire,

como broches oscuros

de una capa de fiesta.

Por poniente, se alejan

en bandada compacta,

directos a las sombras.

Y mientras,

brilla Venus,

que allí, al otro lado,

saluda con su luz

anunciando la noche.

(1 de octubre de 2013)

Atardecer en la playa.

Claro atardecer en la playa. JMV.

Camino aprendido

Hacia la mar

el río se va marchando.

Se va arrastrando lento,

cargado, pesaroso.

Nunca hizo el camino,

pero sabe que llega.

Por viejo, por sabio

y por cansado.

(22 de septiembre de 2012)

Salto de Saucelle. Río Duero.

El río baja

Baja con fuerza el río,

trae penas desde arriba.

Viene arrastrando

pesares de antiguo,

tristezas pasadas

y soledades de ayer mismo.

Baja con fuerza el río,

quiere llegar al mar

y entregárselas todas,

liberarse de ellas.

Mientras, kilómetros atrás,

las recoge de nuevo.

(22 de septiembre de 2012)

El río.

Corre el río.

Como despedidas

Llegan las olas.

Pero son

como las despedidas.

Solo dejan la espuma

como un recuerdo.

La arena mojada, húmeda,

durante un tiempo.

Y luego, nada.

Y viene la siguiente.

Y repite su danza

algo más lejos.

Y, una a una,

suenan a partida.

Y juntas, a adioses,

grandes como mareas.

Endebles y lentas,

cobardes y mudas.

O gigantes y dolorosas,

rugientes y crueles.

Desde un lugar incierto

vienen las olas.

Siempre para marcharse.

Y luego, nada.

Y van dejando señales,

estrías de memoria.

Y la tierra llorosa

rozada por ausencias.

Parece que quisieran

quedarse las olas.

Pero se acaban yendo.

Y luego, nada.

Olas en la orilla. JMV.

Olas en la orilla. JMV.

Ocaso

Por Poniente,

el mar engulle el día.

Como una metáfora.

Se traga el horizonte

el círculo rojo,

incandescente

y fugaz,

del sol de la tarde.

Se produjo el ocaso.

Cambian la luz

y el aire,

cambia el color del mundo.

Y hasta los sentimientos

de los hombres

también mudan.

Es el ocaso.

Y, por Poniente,

el mar acaba

de atrapar

la claridad de hoy

y el calor del instante.

Como una metáfora.

(Mayo de 2012)

Atardecer en la playa

Nubes

Miro las nubes.

Solo es vapor de agua

y, sin embargo,

son todo un universo.

Encima de nosotros

pasan, flecos de algo

que aún desconocemos.

Hay un niño que corre

detrás de una pelota.

Y una oveja que pasta,

gordita y remolona.

Y hay un hombre que abraza,

quizás, a la mujer que ama.

Miro las nubes

y aparecen paisajes.

Y un pájaro que corta

de vez en cuando,

el dibujo blanquecino,

con su escritura al vuelo.

Me distraigo un momento.

Busco de nuevo al hombre,

a la oveja y al niño,

y encuentro nuevas vidas

y tremendos vacíos.

Mañana, cuando llueva,

caerán todos ellos

encima de nosotros.

(Mayo 2013)

Nubes

Nubes. JMVargas

Olivares


Entre los olivares,

las curvas de las lomas

sombrean el paisaje.

Olivar

Paisaje de olivar

En el agua


Mirando al agua

descubrí tus ojos:

¿azules?, ¿verdes?, ¿grises?

No sabría decir

si tienen esos colores.

Yo los vi

del color de la tarde.

(2011)

Agua en el mar

Un trozo de mar

Hora encendida

Donde el mar da la vuelta,

donde brotan las olas,

el agua es una hoguera

que no apaga la tarde.

Al contrario, le rinde

su honra más ferviente,

su hora más devota:

la de la luz errante

(Mayo, 2013)

Ocaso en la playa

Ocaso en Caños de Meca . Trafalgar (Cádiz). JMV

Día gris

Un día gris,

como una tarde eterna,

que se encuentra

la pena por delante.

Sin obstáculo alguno,

sin nada que la frene

la distraiga, la amenace.

(2013)

Niebla

Día nublado. Niebla.

Sauce en el río

El sauce mira al río

a la luz de la tarde,

y languidece.

Moja suavemente

la melena en sus aguas,

y tiñe su color

de un añorante verde.

Dicen que de esperanza.

Será quizás, también,

color de la memoria.

El árbol se refleja

y, mientras, se desprende

de una larga nostalgia.

Espera, mustio y manso,

verla con la corriente.

Entretanto conversa,

sosegado y sereno,

de estirados recuerdos

de hace mucho.

Los suelta dócilmente,

lacio, quizá rendido,

probablemente triste.

Dicen que llora.

Quien sabe.

(2012)

Sauce

Sauce llorón en la orilla.

Sauce

Sauce triste y nostálgico.

8 respuestas a Naturaleza propia

  1. Loly dijo:

    Hay algo que me sorprende la perfecta armonía de la imagen y la palabra.

    • Bueno Loly, como te diría. Te diría que la imagen dicta la palabra, mejor dicho, expresa un sentimiento que solo sé expresar -que intento expresar- con palabras. Después, a esas palabras le busco una imagen, pero ya sabes que tengo un buen aliado. No sé si se logra o no armonía, simplemente lo veo así. Muchas gracias Loly y un abrazo muy fuerte.

  2. Juan José dijo:

    La metáfora viva. Muy hermoso.

  3. Agustín dijo:

    El calor de la tarde necesita fresco de palabras, gracias por seguir Mercedes. Besos.
    Otro beso para el hombre que ha aprendido el arte de atar las nubes, los olivos y el agua para que tú les cantes.

  4. Enrique Pérez dijo:

    El sauce siempre me ha parecido un ábol estético en sí mismo, llora pero con mucho encanto. La propiedad de los versos y, especialmente los adjetivos (mustio, manso, sosegado, sereno, lacio…), que le dedicas y esas dos preciosas fotos, realzan todavía más su belleza. Está irresistible.

    • Todos los árboles son bellos, Enrique. Los árboles tienen, al menos para mí, un atractivo muy especial. Y me encanta llamarlos por su nombre. Ojalá pudiera conocerlos todos. El sauce tiene esa languidez que resulta, a veces, tan atractiva. Sabes que en la Plaza del Ave María hay dos, uno junto a otro. Los he visto muchas veces y me he fijado en ellos, pero, casualmente, esta mañana me he detenido y parado a mirarlos. Hoy me han hablado. Como a ti. Gracias por el comentario. Un beso.

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